Los Angeles segun Santo Tomas de Aquino extraido de Suma Teologica

Es importante destacar este punto para entender correctamente el modo como Santo Tomás se expresa aquí en la Suma, donde comienza afirmando en términos verbalmente apodícticos: “es necesario admitir que existen cria- turas incorpóreas” (q.50 a.l). La expresión es necesario se repite un poco más adelante. Pero, evidentemente, Santo Tomás no piensa que la existencia de ángeles sea objeto de una demostración necesaria. El habla ya desde la certeza que da la fe; como dice al final del artículo, la sola inteligencia humana a lo sumo que puede llegar es a considerar razonable la existencia de seres incorpóreos, porque contribuye a dar una mayor perfección al universo.

El paso de la “conjetura” a la certeza sólo se puede dar mediante la fe.

La revelación habla frecuentemente de la existencia de ángeles y los presenta como seres superiores al hombre, al cual unos prestan servicio en orden a la salvación, mientras que otros lo tientan con el fin de apartarlo de Dios. Hoy se presta muy poca atención a este dato de fe. Las causas de esta situación son múltiples. Quizá una de las más influyentes sea el exagerado antro- pologismo que “invade” todos los campos del saber. A fuerza de insistir tanto en el hombre, se introducen en la realidad cortes, o se cierran los ojos a todo lo que no sea el hombre mismo y sus intereses. Y se lanzan pregun tas: ¿Qué saca el hombre de que existan ángeles? ¿Qué problema humano se puede resolver a base de la existencia de ángeles? Son preguntas que co- mienzan cuestionando y que muchas veces se resuelven negando o por lo menos dando cabida a una actitud de indiferencia, que se aproxima mucho a la negación.
Ciertamente, Santo Tomás no pensaba así. A él los ángeles no sólo no le estorbaban, sino que, por el contrario, le regocijaban y le hacían compa- ñía a través de todo su recorrido teológico. En efecto, para Santo Tomás, los ángeles, además de ser un tema concreto al que dedica expresamente nu- merosas cuestiones, son ante todo algo así como una parte integrante del misterio cristiano global, que sin ellos perdería un valioso punto de referencia para ser comprendido en profundidad. Pensar sobre los ángeles a base de lo útil para el hombre es incapacitarse de antemano para juzgar con acierto.

Desde el punto de vida cristiano, lo verdaderamente “útil” es acoger el plan de Dios tal como Dios mismo lo diseñó, porque lo que Dios hace está siempre lleno de sabiduría e infunde sabiduría en quien lo acepta dócilmente.
Para entender y encuadrar exactamente las cuestiones que Santo Tomás dedica a los ángeles en la Suma hay que presuponer siempre sus comentarios a la Sagrada Escritura, que es la fuente de donde él extrae la “certeza” acerca de la existencia de estas criaturas y la que informa todas sus exposiciones por abstractas que puedan parecer. Entre estos comentarios bíblicos merece especial atención el que Santo Tomás dedica al capítulo primero de la carta a los Hebros, porque es allí donde aparece más clara la relación de los ángeles con Cristo; pero, evidentemente, hay que tomar en consideración tam- bién el conjunto de sus lecturas sobre el Nuevo Testamento, en el cual los ángeles son mencionados con frecuencia, tanto los buenos como los malos.
Santo Tomás conoce también a fondo la copiosa doctrina patrística so- bre los ángeles: sobre su existencia, naturaleza, funciones. Entre las funciones angélicas sobresalen dos; la primera dice orden a Dios y consiste en “asistir” a su divina majestad, rindiéndole culto de adoración y alabanza, con lo cual Santo Tomás recoge y profundiza la idea expresada en la carta a los Hebreos, que define a los ángeles como espíritus litúrgicos: “leitourgikà pnéumata” (1,14).

De aquí que el salmodiar o glorificar a Dios con los cantos bíblicos haya sido considerado en la tradición cristiana como oficio angélico, mediante el cual los hombres se unen a los ángeles en una mis- ma alabanza a Dios. La otra función es la de “ministrar”, o sea, ser enviados por Dios para servicio de los hombres (cf. q.112 a. 1-2) en orden a la consecución de “la herencia eterna” (Heb 1,14); este “ministerio” o servicio de los ángeles a los hombres ha recibido en la tradición cristiana el nombre de “custodia”: los ángeles custodian a los hombres. De esto trata Santo Tomás extensamente en la cuestión 113.
Otra fuente importante en que se inspira Santo Tomás es la definición dogmática del cuarto concilio de Letrán, según el cual todos los ángeles, tanto los buenos como los malos, han sido creados por Dios y son de natu- raleza espiritual o inmaterial. La definición se contiene en una larga profe- sión de fe, conocida en la historia como Primera decretal; sobre ella escribió Santo Tomás el opúsculo Expositio primae decretalis 7.

Angeles y concepto de Dios

La teología como el vocablo mismo indica se centra en Dios, y de las criaturas se ocupa sólo en orden a Dios, Pero no es ciencia distinta la que recae directamente sobre Dios y la que estudia las criaturas. La teología toda entera es una sola: Santo Tomás la define muy exactamente cuando dice que debe ser considerada “como una cierta impresión de la ciencia divina, la cual en su simplicísima unidad abarca todas las cosas” (1 q.1 a.3 sol.2). De aquí se deriva una conclusión importante, a saber, que “el estudio de las criaturas sirve para la instrucción de la fe cristiana”, o que “la reflexión sobre las obras divinas es necesaria para esclarecer la fe del hombre de Dios”

El principal servicio que las criaturas prestan al hombre consiste en ayudarle a conocer a Dios, pero esta ayuda sólo será efectiva si se funda en el conocimiento verdadero de las criaturas mismas, “porque el error sobre ellas arrastra al error sobre lo divino”
Ahora bien, uno de los modos de errar prácticamente sobre las criaturas consiste en prescindir de hecho de alguno de los grandes sectores de la creación. Las criaturas, y sobre todo los “bloques” de criaturas, son, por lo más profundo de su ser, una “palabra” que Dios pronuncia sobre sí mismo, palabra que nosotros debemos escuchar y que sólo puede ser oída prestando atención al bloque de criaturas que la hacen resonar.
Hoy pueden observarse dos fenómenos que no son simplemente paralelos, sino que se influyen mutuamente. Numerosas “teologías” tienden a prescindir de los ángeles, como si éstos fueran sólo representaciones “míticas” o expresiones simbólicas, bien de fuerzas cósmicas, bien de la intervención de Dios en la historia humana. A la vez, en grandes sectores del pensamiento, incluso del que se considera a sí mismo como el más avanzado, predomina un concepto de Dios manifiestamente deformado, por no decir retrógrado.

Basta con ver, por ejemplo, cómo se habla de la historia de Dios desde ciertas corrientes cristológicas o desde la teología política y sus derivados. Se da una imagen de Dios tan a la medida del hombre, tan exgerada- mente antropomórfica, que a quien razone serenamente le resultará imposi- ble reconocer en ella al verdadero Dios.
Una mirada a los ángeles preservaría de estos antropomorfismos deformantes. Evidentemente, un Dios creador de los ángeles no puede ser pensado a la medida del hombre ni diluirse en la corriente de una historia humana. Ciertamente tampoco se puede pensar en un Dios a la medida de ángel. Pero cuando el hombre piensa en sí mismo y en los ángeles, recibe un poderoso estímulo y encuentra un firme apoyo para transcenderse y transcenderlos, es decir, para pensar en Dios como Dios en cuanto ello es posible y para liberarse de nuevas formas de antropomorfismo, que suele ser la an- tesala de la idolatría. El sentido de transcendencia suscita en el hombre una postura de adoración, mediante la cual él alcanza su realización más plena, a la vez que se coloca en la actitud mejor para abrirse a Dios y acoger sus dones. Aquí está el fundamento para superar el historicismo y secularismo, hoy tan extendidos.

Angeles y creación

En sus escritos sobre los ángeles, Santo Tomás se encuentra frecuentemente con el emanatismo neoplatónico, por una parte, y con el dualismo maniqueo por otra.
Frente a ambos extremos insiste con gran fuerza en el concepto de creación, la cual no puede ser obra más que del único Dios. Es en estos textos donde se encuentra la idea más depurada de creación como acción que produce todo el ser, partiendo de la nada, o sea, sin materia alguna preexistente, de la cual pueda ser extraída. Los ángeles, siendo espirituales o inmateriales, sólo pueden empezar a existir por creación; trazan, por así decir, la línea divisoria entre el Creador y la criatura, porque, para explicar la existencia de los ángeles, hay que llegar hasta la raíz misma de la “creaturalidad” o de lo que hace a algo ser determinadamente creatura. Ahora bien, como creatura es un concepto esencialmente relativo al Crea- dor, los ángeles son también el punto de referencia más profundo para fijar la noción de Creador en cuanto tal; lo son, al menos, en el pensamiento de
Santo Tomás.
Con esto no se hace más que desarrollar el punto anterior. Sólo Dios puede crear. Lo cual implica que el esclarecimiento del concepto de Creador es un medio de esclarecer la noción de Dios en sí mismo. Los ángeles sirven al hombre para pensar correctamente de Dios, y esto no puede menos de ser muy “útil”, aunque no preste bagaje específico para resolver ningún conflicto social.

Otros temas afines

Dios creador tiene providencia de las criaturas y las gobierna. Respecto de ambos temas, providencia y gobierno, es necesario tomar en consideración la existencia de los ángeles. Las “leyes” por las que se rige la providencia y el gobierno del mundo no han sido pensadas por Dios en función de los hombres únicamente, sino en función de un universo en el que los ángeles son una “pieza” esencial. El resultado último de la providencia y del go- bierno de Dios se expresa en el juicio o decreto que fija de modo definitivo la “suerte” de las criaturas. Para el hombre es posible una eternidad de bien- aventuranza o una eternidad de condenación. En el primer caso participará de la situación de los ángeles buenos; en el segundo, de la de los malos.

El hecho de que existan ángeles malos en estado de condenación eterna no permite alimentar los fáciles optimismos que ciertas “teologías” proponen. El diablo y el infierno son, desgraciadamente, reales, y el hombre no puede organizar su vida prescindiendo de ellos, porque, obrando de este modo, se perjudicaría gravemente a sí mismo. La situación existencial de los ángeles representa un criterio básico para orientar el comportamiento del hombre.
Santo Tomás, para definir la providencia y el gobierno de Dios, tiene en cuenta no sólo al hombre, sino también la totalidad de las criaturas, entre las cuales ocupan un puesto especial el supremo- los ángeles (cf. qq.22- 23,103, que tienen multitud de lugares paralelos). Los ángeles, pues, cum- plen una función absolutamente esencial para comprender tanto el misterio de Dios como el del hombre; la cumplen igualmente para tener un adecuado concepto de universo y superar los estrechos límites del “sensismo”. En el pensamiento de Santo .Tomás, la multiplicidad y diversidad de seres -in- cluida esta diversidad concreta que es la representada por los ángeles- constituye un punto de referencia insustituible para conocer a Dios y para valorar justamente el modo como El quiso reflejarse en el universo

Angeles, hombres, orden sobrenatural

Santo Tomás distingue netamente y, a la vez, integra armónicamente el orden de la naturaleza y de la gracia. En el orden natural cada ángel difiere específicamente de todos los demás. La distancia que hay del mínimo al supremo es inconmensurable. Con mayor motivo, entre la naturaleza del hom- bre y la del ángel media un verdadero abismo. Estas enormes distancias o diversidades en lo natural ayudan a comprender la grandeza y transcendencia de la gracia, que unifica no solamente a los ángeles entre sí, sino también a los ángeles y a los hombres.
Ordinariamente, la gracia es definida sólo por relación a Dios o como participación de la naturaleza divina. El Nuevo Testamento, ponderando la grandeza de la vida cristiana, dice que ésta consiste en poseer “preciosos y sumos bienes” mediante los cuales los hombres “nos hacemos partícipes de la naturaleza divina” (2 Pe 1,4). La teología de la gracia depende en gran medida de este pasaje bíblico, que es citado continuamente; refiriéndose a él, expone Santo Tomás una de sus principales ideas sobre el tema de la gracia, o sea, lo que se podría llamar índole “entitativa” del don por el que los hombres somos regenerados como hijos adoptivos de Dios, un don que se distingue de las facultades operativas o virtudes (cf. 1-2 q.110 a.3).

Tratado de los ángeles

Sin duda, para comprender el misterio de la gracia y de la vida cristiana que de ella nace, la referencia a Dios es el dato primario y decisivo. La Sagrada Escritura define reiteradamente al cristiano como quien es hijo de Dios por la gracia de adopción; incluso la encarnación del Verbo y la reden- ción que obró mediante la naturaleza humana asumida son presentadas a menudo como ordenadas a restablecer a los hombres en la dignidad perdida de hijos (cf. Gál 4,4-7).
Pero, dando esto por incontrovertible, la referencia a los ángeles presta muy buenos servicios para comprender mejor el misterio de la gracia, por-que nos permite relacionar este misterio con cosas más cercanas a nosotros. La distancia del hombre a Dios es infinita; y nosotros, por nuestra limita- ción, no podemos ni formarnos idea de lo que significa dar un salto definitivo o hacia el infinito. Los ángeles, en cambio, son criaturas; incomparable- mente superiores al hombre; pero criaturas al fin. Pues bien, la gracia salva todas las distancias que, desde el punto de vista de la naturaleza, existen entre hombres y ángeles, haciendo de todos una única “sociedad”, una familia, una misma comunidad adorante, una sola Iglesia.

Por la gracia ángeles y hombres reciben una participación, entitativamente idéntica, de la naturaleza divina, que los hace hijos de Dios de modo también idéntico, sin otras diferencias que las de grado, de mayor o menor santidad, fundadas en la inten- sidad mayor o menor con que se responde a la gracia.
Según Santo Tomás, la gracia y la bienaventuranza final de ángeles y hombres consiste en la misma participación y visión de Dios. Para convencerse basta comparar, por ejemplo, los artículos primero y segundo de la cuestión 62 con lo que en la Prima secundae dice sobre la gracia del hombre, particularmente en las cuestiones 109 y 110. Aquí, en la Prima pars, la cuestión 12 sobre la visión beatífica vale por igual para hombres y ángeles. Angeles y hombres son igualmente sujetos de la fe y tienen la misma necesidad de la fe para ordenarse a Dios (cf. 2-2 q.5 a.1).

Otra analogía importante se basa en el hecho de que, según Santo Tomás, el hombre y los ángeles reci- bieron la gracia en el momento de su respectiva creación (cf. 1 q.62 a.3; q.95 a.1). Para el hombre, en el actual estado de culpa, la gracia tiene que cumplir una finalidad medicinal o sanante que no era posible en el primer estado ni en el ángel (cf. 1 q.62 a.2 sol.2). Pero ésta es una diferencia bastante accidental; ello implica tan sólo que el pecador necesita de la gracia para más cosas, o sea, para liberarse del pecado y para ordenarse a Dios; pero “no la necesita más que antes de haber pecado; porque también entonces el hombre necesitaba gracia para conseguir la vida eterna, que es en lo que consiste la necesidad principal de la gracia” (1 q.95 a.4 sol.1).
Supuesta la identidad fundamental entre persona humana y ángeles en el orden de la gracia, Santo Tomás piensa que, en principio, los ángeles poseen una gracia y una bienaventuranza de grado más alto o de mayor per- fección, porque en ellos no se da resistencia alguna a la gracia (cf. 1 q.62 a. 6). Pero las diferencias graduales se dan también entre los ángeles mismos y entre los hombres (cf. 1 q.12 a.6), sin mengua de la identidad de estado sobrenatural para todos.
La superioridad de principio reconocida a los ángeles tiene, por lo menos, dos excepciones manifiestas. La primera es la humanidad de Cristo, a la cual fue otorgada la gracia en el grado supremo (cf. 3 q.7 a. 10-12); y la segunda, la Virgen María, quien, por razón de su misión, absolutamente singular, sobresale por encima de todas las criaturas y es inferior a solo Cristo (cf. 3 q.27 a.5). Cristo, como soberano universal, es cabeza de los ángeles y de los hombres (cf. 3 q.8 a.3-4) y hace que todos juntos formen un único cuerpo unificado en la alabanza a El mismo

La unidad sobrenatural entre ángeles y hombres es unidad de índole litúrgica. Esta idea de Santo Tomás concuerda plenamente con la Sagrada Escritura, donde los ángeles son definidos como “espíritus litúrgicos” (Heb 1,14). El Apocalipsis, por su parte, presenta reiteradamente a los ángeles y a los hombres participando en la misma adoración “al que está sentado en el trono y al Cordero” (7,10-11).
Creo que este horizonte de universalidad, presentado por Santo Tomás, es muy importante para descubrir las dimensiones de la comunión sobrena- tural en que está inmersa la vida de cada persona humana y de la humanidad entera, así como la existencia misma del cosmos. Santo Tomás destaca con gran fuerza la unidad de todo el universo o de la creación entera (cf. 1 q.47 a.3). Si se niega uno cualquiera de los órdenes integrantes de esta unidad, la comprensión del cosmos sufre una deformación grave.
Cuando se habla de una sola sociedad, o familia, o cuerpo, de hombres y ángeles, no se hace referencia a todos los ángeles, sino sólo a los buenos.

Angeles y filosofía de Santo Tomás

Ya se dijo antes que, según Santo Tomás, la existencia de los ángeles es conocida con certeza sólo mediante la fe o a la luz de la revelación. Pero la fe no se limita a proponer la existencia de los ángeles. Nos instruye también acerca de su naturaleza superior, la cual puede ser definida como espiritual: los ángeles son espíritus (cf. Heb 1,14). En la tradición de la Iglesia, la espiritualidad de los ángeles no siempre fue entendida de igual manera; frecuentemente se atribuyó a estas criaturas una cierta materia sutil o etérea para poder distinguirlos del espíritu totalmente inmaterial, que sería sólo Dios.
Esta doctrina se enseñaba también en tiempos de Santo Tomás, el cual, sin embargo, no la aceptó nunca y enseñó con firmeza que los ángeles son espíritus puros, carentes de cualquier tipo de materia, por muy sutil que se la suponga. Atribuyendo a los ángeles una inmaterialidad o espiritualidad total, Santo Tomás se vio en la necesidad de buscar una razón que expresase su finitud o la raíz misma de su ser de criaturas, distintas, por tanto, de Dios increado y creador. Se argüía, en efecto, contra Santo Tomás que, si los ángeles son totalmente inmateriales, han de ser también totalmente sim- ples, en cuyo caso perderían su condición de criaturas y quedarían converti- dos en dioses.

Santo Tomás negó siempre la validez de este razonamiento. Para mostrar su ineficacia propuso su doctrina de la distinción entre esencia y exis- tencia; este tema, fundamental en la enseñanza de Santo Tomás, es desarrollado por él sobre todo al tratar de los ángeles, los cuales vienen así a jugar un papel insustituible dentro de su misma filosofía. Dios es absolutamente simple y en él no hay ningún tipo de composición (cf. 1 q.3). Las criaturas no alcanzan nunca la simplicidad propia de Dios y, por consiguiente, entra- ñan alguna composición. Pero para explicar esta composición no es necesario recurrir a la materia; la composición original, la inherente a la criatura en cuanto tal, es la de esencia y existencia. Los ángeles, pues, son seres com- puestos, pero sólo con esta composición.
De aquí se sigue otra idea importante. Si el ser de la criatura como tal se define en función de la distinción entre esencia y existencia, el ser del Creador presupone, por el contrario, la identidad de esencia y existencia (cf. 1 q.3 a.4). Son los ángeles los que obligan a profundizar en lo constitu- tivo de la criatura, con lo cual se ilumina el tema capital, o lo constitutivo del creador. Ya se dijo antes que los ángeles representan una valiosa ayuda para que el hombre pueda pensar de Dios como Dios, supuesta siempre la limitación inherente a su conocimiento.

En la filosofía de Santo Tomás hay otro punto muy importante, a cuyo esclarecimiento contribuye mucho también su enseñanza sobre los ángeles. Es el tema del conocimiento en toda su gran complejidad. El conocimiento intelectual del hombre comienza por lo corpóreo; tiene como objeto inmediato la esencia de las cosas sensibles; se realiza a través de “especies” elaboradas mediante un proceso de abstracción, entraña siempre un cierto retorno al “fantasma” representativo de lo sensible y sigue un proceso discursivo o de razonamiento que pasa de lo conocido a lo desconocido, de los princi- pios a las conclusiones, de las causas a los efectos.

La razón de todos estos asertos generales, que tienen extenso desarrollo en los escritos de Santo Tomás (cf. 1 qq.84-87), se reduce siempre al hecho de que la persona humana es un ser compuesto de alma racional o espiritual y de cuerpo material (cf. 1. qq.75-76). Esta constitución entitativa del hombre predetermina todo su dinamismo psicológico, y en particular lo relacionado con el conocimiento.
Los ángeles, por ser espíritus puros o totalmente carentes de materia, conocen de un modo radicalmente distinto. No dependen para nada de lo sensible, no abstraen “especies” cognoscitivas, no razonan o discurren, sino que intuyen, es decir, de un solo golpe o en un solo acto alcanzan la pleni- tud de conocimiento que pueden tener de una cosa (cf. 1 qq.55-58). La per- fecta lógica de la enseñanza de Santo Tomás sobre los ángeles confirma la validez del modo como explica el funcionamiento del conocimiento humano y, en definitiva, la posibilidad de llegar a la verdad objetiva sobre el hombre mismo, sobre el mundo, sobre Dios, que serán siempre los grandes temas de los cuales debe ocuparse el hombre.

Angeles buenos y ángeles malos

Es una distinción fundamental que conocemos por la fe, si bien, como se dijo, la simple razón humana puede llegar a ciertas “conjeturas”. Los án- geles malos, a través de la historia, crearon algún problema especial, como, por ejemplo, atribuir su origen a un principio malo. La Iglesia definió que todos los ángeles fueron creados por el único Dios y que los malos se hicieron tales por una culpa que les pertenece a ellos en exclusiva. Obviamente, Santo Tomás acepta y explica esta enseñanza infalible del magisterio de la Iglesia (cf. 1 1.63, a.4). Dada la especial naturaleza del ángel, su pecado es irremisible y produce obstinación en el mal (cf. 1 q.64, a.2). En el Nuevo Testamento, los ángeles malos aparecen en actitud de total hostilidad a Dios, como quienes ya sufren la condenación en que incurrirán los hombres que mueran alejados de Dios por pecado grave (cf. Mt 25,41).
Algunos puntos caducos de la doctrina de Santo Tomás sobre los ángeles
La firmeza y coherencia del sistema no excluye que éste lleve señales o marcas del tiempo en que fue elaborado. En tiempo de Santo Tomás no existían estudios de crítica histórica sobre la Sagrada Escritura ni sobre la tradición patrística. Y esto no podía menos de influir en tomas de posición que hoy no pueden mantenerse. A este respecto, Santo Tomás se encuentra en la misma situación que sus contemporáneos.
Entre los elementos ya caducos se pueden indicar algunos en concreto. Hay que comenzar la lista por el hecho de que Santo Tomás entiende como referidos a los ángeles unos cuantos pasajes bíblicos en que el vocablo ángel o no tiene sentido personal o sirve para expresar la presencia de Dios en medio del pueblo escogido. Tampoco tiene ya sentido hablar de la creación de los ángeles en el cielo empíreo (1 q.61 a.4), o la asignación del “aire tenebroso” como lugar penal de los ángeles malos (1 q.64 a.4). Otra serie de problemas se refieren a la distribución de los ángeles en ciertas categorías o grupos bien definidos. Un primer criterio de agrupamiento los distribuye en ángeles asistentes, es decir, que se ocupan sólo de lo que se refiere a Dios, y en ángeles ministrantes, así llamados porque cumplen el ministerio de cus- todiar a los hombres (cf. 1 q.112 a.2; q.113 a.3). La organización más conocida es la que los distribuye en jerarquías y órdenes: tres jerarquías, dentro de cada una hay tres órdenes (cf. 1 q.108).

Son modos de hablar que tienen su origen en lo que entonces se llama- ban “autoridades”, que eran aceptadas por todos como criterio de exposición teológica. Por eso el fenómeno es común a Santo Tomás, a sus con- temporáneos y a muchos que vinieron después. Los estudios de crítica histórica han mostrado la endeblez de dichas “autoridades”, las cuales, evidentemente, no son vinculantes.
Pero una cosa es clara. Suprimidos todos estos elementos caducos, en los que se muestra cómo Santo Tomás pagó a su tiempo el obligado tributo, el sistema por él construido para explicar la naturaleza y la psicología de los ángeles no sólo no sufre detrimento, sino que sale más bien rejuvenecido. Lo cual prueba la solidez de las ideas básicas. Son ideas tan ramificadas a través de toda la teología y filosofía de Santo Tomás que, si alguien las desecha, deforma la totalidad de su sistema. Por eso, prescindiendo de los ángeles, es prácticamente imposible asimilar a fondo el pensamiento del justamente llamado Doctor Angélico. Como en la Sagrada Escritura, también en Santo Tomás los ángeles son una “pieza” esencial del universo, muy a propósito para hacernos captar la índole litúrgica de este universo o su destino a cantar la gloria de Dios creador y Padre providente de todas las criaturas.

Tratado de los ángeles

Para conocer el pensamiento de Santo Tomás sobre los ángeles, el estudio mejor, entre los de época moderna, es el de AURELIANO MARTÍNEZ, Tratado de los ángeles. Introducciones, notas y apéndice, en Suma Teológica t.III (BAC, Madrid 1950). Al principio, p. 16-30, puede verse una larga lista bi- bliográfica, bien ordenada por grupos y tendencias de autores. A continuación se añaden algunos escritos que no se encuentran en esta obra.

BIBLIOGRAFÍA

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La existencia de los ángeles y su naturaleza

1. La existencia de los ángeles.

Etimológicamente la palabra ángel, del griego “angelos“, significa nuncio, enviado, embajador. Por lo tanto, la palabra “ángel” no es nombre personal sino de oficio, como la expresión “médico”, “abogado”, “ingeniero”. Dice San Gregorio Magno: “Es de saber que la palabra «ángel» es nombre de oficio, no de naturaleza. Aquellos santos espíritus de la patria celestial siempre son espíritus pero no siempre se les puede llamar «ángeles». Porque solamente son «ángeles» cuando por ellos se anuncia una cosa, cuando son nuncios, mensajeros, cuando Dios les envía a anunciar”.

San Agustín dice respecto a ellos: “El nombre de ángel indica su oficio, no su naturaleza. Si preguntas por su naturaleza, te diré que es un espíritu; si preguntas por lo que hace, te diré que es un ángel”. Con todo su ser, los ángeles son servidores y mensajeros de Dios, porque contemplan “constantemente el rostro de mi Padre que están en los cielos” (Mt. 18, 10), son “agentes de sus órdenes, atentos a la voz de su palabra” (Sal. 103, 20).

Los hombres, en el lenguaje corriente, solemos llamar «ángeles» a todos, a las nueve jerarquías, pero hablando con precisión, con rigor de lenguaje teológico, no son «ángeles» más que aquellos que realizan una misión y precisamente por eso las Sagradas Escrituras emplean la palabra «ángel» no solamente cuando habla de los ángeles, sino también cuando habla de personas. Así, el Gran Enviado, el Ángel, el Rey de los Ángeles, es Cristo, nuestro Redentor, porque vino enviado por el Padre a realizar una misión angélica. Era el enviado por el Padre, por lo tanto, en ese sentido, era el Ángel de los ángeles, el Rey de los Ángeles, Cristo nuestro Señor. Por eso, el profeta Malaquías le anuncia como «el Ángel de la Alianza que deseáis» (Mal. 3-1)

En tanto que criaturas puramente espirituales, los ángeles tienen inteligencia y voluntad: son criaturas personales e inmortales. Superan en perfección a todas las criaturas visibles.

Por la perfección del universo se requiere cierta graduación en las criaturas, que se acerque cada vez más a la infinita perfección de Dios, creador de todas ellas. Y vemos que hay criaturas que se parecen a Dios únicamente porque existen, como las piedras. Otras en que viven, como las plantas y los animales, otras en el entender, como el hombre. Por lo tanto, parece muy natural que existan otras criaturas puramente espirituales y perfectamente intelectivas que son los ángeles, que se parezcan a Dios de la manera más perfecta que pueda parecerse una criatura. Faltaría algo entre nosotros y Dios si no existieran los ángeles. Faltaría un eslabón en la cadena.

Santo Tomás de Aquino, lo explica con toda la perfección (Suma Teológica, I, q. 50, a.1): “Es necesario admitir la existencia de algunas criaturas incorpóreas. Lo que sobre todo se propone Dios en las criaturas es el bien, que consiste en parecerse a Dios. Pero la perfecta semejanza del efecto con la causa es tal cuando el efecto la imita en aquello por lo que la causa produce su efecto, como el calor produce lo caliente. Pero Dios produce a la criatura por su entendimiento y su voluntad […]. Por lo tanto, para la perfección del universo, se requiere que haya algunas criaturas intelectuales”. Pero debido a que el entendimiento no puede ser una facultad física ya que todos los cuerpos materiales están limitados al tiempo y al espacio, concluye el Doctor Angélico, ” para que el universo sea perfecto, es necesario que exista alguna criatura incorpórea”.

Los filósofos antiguos (y muchos modernos…) ignoraban la existencia de la capacidad intelectual, y debido a ello, no sabían distinguir entre el entendimiento y el sentido. Por eso, concluyeron (y siguen concluyendo muchos…) que no puede existir nada que no sea percibido por los sentidos y por la imaginación. Y como en el campo de la imaginación no cabe más que el cuerpo, estimaron que no había más ser que el cuerpo físico. Y en eso coinciden los modernos materialistas con los antiguos saduceos, quienes decían que no había espíritu (Hch. 23,8). Pero, concluye Santo Tomás, “sólo por el hecho de que el entendimiento es superior a los sentidos, se demuestra razonablemente la existencia de algunas realidades incorpóreas, comprehensibles sólo por el entendimiento”.

2. Naturaleza de los ángeles
a. Los ángeles son espíritus puros sin mezcla de materia.
En este punto, Santo Tomás es tajante: (q. 2): “Es imposible que la sustancia intelectual tenga ningún tipo de materia”. Cualquier ser actúa según la sustancia de que está hecho; ahora bien, la operación de entender es una operación totalmente inmaterial, ya que para entender un objeto hay que abstraer ese objeto de la materia. Por lo tanto, hay que concluir que toda sustancia intelectual es completamente inmaterial.

b. Los ángeles son naturalmente incorruptibles e inmortales. Los ángeles son incorruptibles porque no tienen ninguna cosa interior que les pueda volver a la nada (ab-intrinseco) ni ningún enemigo exterior que les pueda aniquilar (ab-extrínseco). Son inmortales pues, aunque Dios tiene poder para reducirlos a la nada, no lo hará nunca ya que Él respecta el plan que Él mis se ha trazado. Si no lo hiciera, rectificaría, lo que supone haber cometido un error, haberse equivocado. Como Dios no pude equivocarse jamás, no puede rectificar jamás. Y el plan queda establecido se cumplirá al pie de la letra porque se debe a Si mismo el cumplimiento de Su palabra.

c. Los ángeles son específicamente distintos entre sí,
de suerte que cada uno de ellos constituye una especie completamente distinta de cualquier otro ángel.
Si cada uno de ellos constituye una especie, la variedad de los ángeles es maravillosa; son millones y millones de ángeles, todos distintos, a cual más hermoso, a cual más deslumbrante.
Esto sirve para darnos una idea muy elevada de la infinita grandeza de Dios, que ha creado el mundo angélico con inmensa variedad de seres, todos específicamente distintos entre sí. Sin duda alguna, la contemplación del mundo angélico, con su infinita variedad y deslumbrante belleza, constituirá un espectáculo grandioso y una de las alegrías accidentales más inmensas que disfrutarán los bienaventurados por toda la eternidad.

d. Aunque los ángeles no tienen cuerpo, pueden sin embargo aparecerse en forma corporal. Esta tesis, sostenida por Santo Tomás, va en contra de la opinión de algunos que creen que los ángeles siempre se aparecen de forma imaginativa. Ahora bien, si fuera cierto, esto contradice el objetivo mismo de la Escritura, ya que lo que es visto imaginativamente no existe más que en la imaginación del que lo ve y, por lo tanto, no puede ser visto por otros. Pero la Sagrada Escritura narra apariciones de ángeles que fueron vistos por todos, v.gr., los que se aparecen a Abrahán y a su familia, a Lot y los habitantes de Sodoma, etc. También en la historia reciente, por poner un ejemplo, en las apariciones de Fátima, se narra que el Ángel de Portugal fue visto por los tres pastorcillos simultáneamente.
Los cuerpos que asumen los ángeles no son cuerpos vivos; por medio de ellos, los ángeles pueden ejercer algunas acciones vitales como el hablar, el andar o incluso el comer, pero no darles vida como tal ya que este es un atributo exclusivo de Dios. Los ángeles toman esos cuerpos reales o aparentes de forma circunstancial y provisoria.
Y también en esto se expresa una vez más la bondad infinita de Dios y su inenarrable amor por los hombres. Explica Santo Tomás: “Los ángeles no necesitan tomar cuerpo para su propio bien, sino para el nuestro. Al convivir familiarmente con los hombres y conversando con ellos forman una comunidad de comprensión que es la que los hombres esperan formar con ellos en la vida futura. El hecho de que en el Antiguo Testamento los ángeles hayan tomado cuerpo, fue como una figura anticipada de que la Palabra de Dios iba a tomar cuerpo humano. Pues todas las apariciones del Antiguo Testamento están orientadas a aquella otra aparición por la que el Hijo de Dios apareció carnalmente.” (I, q 51, a.2)

e. Al ángel le corresponde ocupar un lugar. Sin embargo no a manera de los cuerpos que están unidos a un sitio por contacto de su materia física y por lo tanto, delimitados en el espacio, sino que por su virtud contienen a los cuerpos físicos sin estar contenidos por ellos. Así es como el alma está unida al cuerpo: como continente y no como contenido. Igualmente se dice que el ángel ocupa un lugar físico, no como contenido sino como el que de algún modo lo contiene. Esto se entiende mejor si imaginamos a una persona muy virtuosa (o en sentido contrario, muy pecadora) entrando en un ambiente cualquiera. De alguna manera, su virtud (o su vicio) se irradia en las demás personas y conforma el comportamiento de ellas. Por así decir, ella impregna el ambiente y estimula en los demás, con su simple presencia, por su modo de ser, de hablar, de comportarse, a la práctica de la virtud (o del pecado).
f. El ángel puede moverse localmente. Pero al trasladarse de un sitio a otro no necesita pasar por el medio. Él ángel está donde obra; por consiguiente, cuando deja de actuar en un lugar para comenzar a actuar en otro, puede decirse que se ha movido o cambiado de sitio. Su movimiento, aunque rapidísimo, no se puede decir que sea instantáneo. Es un movimiento por lo tanto, discontinuo, ya que para ir a un sitio, tiene que dejar otro. Por otro lado hay que entender la palabra “rapidísimo”, “instantáneo”, etc. Las operaciones angélicas no se miden por fracciones de nuestro tiempo (ya que ellos viven fuera del tiempo), sino por la diversidad de las operaciones. Un instante angélico puede durar un siglo de nuestro tiempo si durante todo ese tiempo ha permanecido el ángel en una sola operación. Pero dada la perfección de la naturaleza angélica su operación puede ser rapidísima, hasta el punto de parecer instantánea, como parece instantánea la propagación de la luz.
El movimiento del ángel no depende solamente de la magnitud de su poder, de que sea más o menos poderoso ese ángel sino exclusivamente de su voluntad. Para trasladarse basta querer y el se mueve con la velocidad del pensamiento.
Un ángel no puede estar en muchos lugares a la vez. Por su naturaleza, él no tiene lo que conocemos por el “don de la bilocación”. El ángel es de esencia y poder finitos. Solo Dios es por esencia y poder infinito; Él es causa universal de todas las cosas y con su poder, llega a todas las partes. Pero no es así con el ángel, que al ser finito, limitado, no llega a todo, sino a una sola cosa concreta.
El estar en un lugar concreto corresponde al cuerpo, al ángel y a Dios, aunque de distinta manera: el cuerpo está en un lugar circunscribiéndose a él, ya que sus dimensiones se adaptan al lugar. El ángel no se circunscribe al lugar, ya que sus dimensiones no se adaptan al lugar, sino que se delimita a él, puesto que al estar en un sitio no lo está en otro. Dios no está ni circunscrito ni delimitado, porque está en todas partes.

¿Tuvo Nuestro Señor un ángel de la guardia?

Ángel de la Agon�a en el Huerto (detalle)

Santo Tomás de Aquino, secundado por otros insignes autores, busca esclarecer esa duda que surge al considerar el episodio de Getsemaní y otros trechos de las Escrituras.

Es doctrina bien conocida que todo hombre tiene un ángel de la guarda. No es extraño, por tanto, que pueda surgir la siguiente interrogación: ¿El propio Nuestro Señor Jesucristo, siendo al mismo tiempo Dios y hombre —en esto consiste el misterio de la Encarnación—, tuvo también un ángel de la guarda?

Los ángeles nada tenían que enseñar a Jesús.

Los ángeles, en relación a nosotros, son como hermanos mayores, encargados por el Padre común para conducirnos rumbo a la Patria Celeste.

Tienen la misión de guiarnos y de apartar de nosotros, en misteriosa medida, los obstáculos del camino. Su “custodia” no consiste en asistirnos y defendernos como lo haría un subalterno, sino en una especie de tutela protectora que se adapta a nuestra libertad humana y que será tanto más eficaz cuanto más nos apoyemos en ella con confianza y buena voluntad. En esas condiciones, se ve que Nuestro Señor no podía tener un ángel de la guarda propiamente dicho.

La principal ocupación del ángel de la guarda, nos dice Santo Tomás, es iluminar nuestra inteligencia: “La guarda de los ángeles tiene como último y principal efecto la iluminación doctrinal” (Suma Teológica I, 113, 2). Pero, Nuestro Señor, ni siquiera en Su ciencia humana, tenía cómo ser iluminado por los ángeles.

Los teólogos reconocen tres especies de ciencia en la santa alma de Jesucristo, en Su vida mortal: la ciencia de la visión beatífica, la ciencia infusa y la ciencia adquirida.

Por las dos primeras, Nuestro Señor superaba en profundidad y extensión el saber de cualquier criatura, sin excepción: Dios hizo a su Hijo “tanto más superior y excelente que los ángeles” (Hb 1, 4). Bajo ese doble aspecto, ellos no tenían nada que enseñarle.

En cuanto a la ciencia adquirida o experimental, que progresó en Nuestro Señor con la edad, Cristo no tenía necesidad del socorro de los ángeles para ser instruido sobre los diversos objetos que se ofrecerían a Sus sentidos en el gran libro del universo.

Sin embargo, el servicio de los ángeles le convenía.

Pero, aunque Nuestro Señor tenía pleno poder sobre las criaturas y, por consiguiente, podía obtener directamente todo lo que era necesario a Su vida corporal, ser servido por los ángeles le convenía a doble título.

Por un lado, esa asistencia material de los ángeles —así como los cuidados con su alimentación y el vestuario prestados por José y María, cuando era niño, y después, ya adulto, por las santas mujeres— estaba conforme con la apariencia de flaqueza y debilidad con que había querido revestirse el Verbo encarnado.

Por otra parte, ¿no era adecuado que, antes mismo que Cristo entrase en la gloria, los ángeles ya le testimoniaran —por sus piadosos homenajes particulares, e incluso por discretas manifestaciones exteriores— que lo reconocían como su Señor y su Rey?

La solución de Santo Tomás de Aquino

Santo Tomás no admite que Nuestro Señor haya tenido un ángel de la guarda en el sentido estricto, porque el papel del “ángel de la guarda”, que es propiamente el de dirigir y proteger, no podía tener por objeto la santa humanidad del Salvador.

Pero el gran Doctor se cuida bien de rasgar el Evangelio y negar el servicio de los ángeles a Nuestro Señor. Servicio, cuyo modo habitual de funcionamiento los autores sagrados no explican, si bien señalan diversos actos significativos (Lc 13; Mt 4,11; 26,53) que parecen indicar que Nuestro Señor tuvo, no solamente un ángel, sino una falange de espíritus bienaventurados vinculados al servicio y asistencia de Su santa humanidad.

La situación de los ángeles en relación a la santa humanidad de Nuestro Señor está muy bien expresada en estas palabras del Doctor Angélico: “No era de un ángel de la guarda, en cuanto superior, que necesitaba; sino de un ángel que lo sirviese como inferior. De ahí que se diga en el Evangelio de Mateo (4, 11): ‘Se le aproximaron ángeles que lo servían’” (Suma Teológica I, 113, 4).

Era un papel de ministros, no de guardianes, el que tenían los ángeles junto al Verbo encarnado: no eran custodios, sino siervos.

El episodio de Getsemaní

El episodio de Getsemaní muestra, es verdad, una dificultad especial: “Apparuit de coelo Ángelus -dice el texto sagrado- confortans eum” (Lc 22, 43). ¿Cómo puede un ángel reconfortar a Nuestro Señor, esto es, levantar su ánimo, traerle un socorro moral?

Pro catedral de Santa Mar�a, Hamilton (Canadá)Santo Tomás expresa muy bien esa objeción al preguntarse si no podemos deducir, entonces, que Cristo fue instruido por los ángeles, visto que “somos reconfortados por las palabras de exhortación de quien enseña“. A esta dificultad él mismo responde: “el alivio recibido del ángel no se dio a modo de instrucción, sino para manifestar la veracidad de Su naturaleza humana” (Suma Teológica III, 12, 4, 1).

Esa explicación, tenemos que confesarlo, no satisface completamente el espíritu. En ella, el por qué de la intervención angélica, en esta hora tan penosa de Getsemaní, aparece; pero el cómo, escapa. Y, a no ser que consideremos como un simple gesto simbólico el alivio traído por el ángel a Nuestro Señor, la dificultad parece subsistir.

Por eso, otros autores se aplican en ir más adelante en esa explicación.

El ángel puso en obra motivos de alivio

Podemos decir que el ángel proporcionó algo semejante a un alivio moral al alma de Nuestro Señor, delicada entre todas y sensibilísima a las manifestaciones de afecto, no menos que a los abandonos, las traiciones y los ultrajes.

Así pues, el papel del ángel no fue (lo que sería inadmisible) conceder al alma de Nuestro Señor alguna “iluminación” verdadera, o revelarle algo nuevo para levantar Su ánimo. Sea por medio de una palabra
exterior, sea por una acción interior sobre la imaginación y memoria del Mesías, el ángel puso en obra motivos de alivio que el Dios Salvador conocía bien, pero que Él había evitado, de una manera más o menos directa, aplicar a Su espíritu; pues, con el fin de beber hasta el final el cáliz de la amargura, el augusto Redentor, en el momento supremo de la Pasión, se empeñaba en considerar toda la extensión y profundidad de este acto expiatorio” (V. Cardenal Billot, de Verbo Incarnato, thes. XIX, 4).

De todas partes le asaltaban pensamientos agobiantes, provocando en Su corazón y en Su carne angustias inexpresables: “Me cercaron dolores de muerte, y torrentes de iniquidad me conturbaron” (Sl 17, 5). Fue entonces cuando el ángel suscitó, ante la mirada de Jesús, las más dulces representaciones.

Sin duda, como dice un piadoso autor “Ese celeste mensajero llamaba la atención del Salvador sobre las virtudes magníficas que irían a germinar de Su sangre divina; evocaba el cuadro profético de esos admirables cortejos de vírgenes, de mártires, de confesores, de amigos fieles y de verdaderos arrepentidos de ambos sexos, de todas las edades y categorías, que a pesar de sus muchas debilidades, tendrán por Jesús un amor sincero y ardiente y se esforzarán al máximo en reparar a su buen Maestro por tantos sufrimientos y heridas“.

(Traducido, resumido y adaptado del L´Ami du Clergé, nº 50, 1911, p. 1111-1113)

Apud: Revista Heraldos del Evangelio, Madrid, nº 53 – Diciembre de 2007.

¿Cómo son los Ángeles?

Diac. Joshua Sequeira, E.P.

Diac. Joshua Sequeira, E.P.

Los ángeles influyen en nuestra vida mucho más de lo que se piensa, y son nuestros intercesores frente a Dios. Conociéndolos mejor, invocaremos su poderoso auxilio más a menudo.

Al hablar sobre los ángeles, con mucha facilidad nos viene a la memoria la clásica representación de un misterioso joven de hermosa apariencia, revestido con una larga túnica blanca. No podemos considerarla una imagen errónea, dado que las mismas Escrituras los presenta de esa manera, como por ejemplo en el episodio de Tobías.

\En 1917, las apariciones de Fátima fueron precedidas por algunas intervenciones angelicales. El Ángel de la Paz se apareció tres veces a los pastorcitos, y sería descrito más tarde por la hermana Lucía, una de las videntes, de la siguiente manera:

Comenzamos a ver… una luz más blanca que la nieve, con la forma de un joven transparente, más brillante que un cristal atravesado por los rayos del sol. A medida que se aproximaba, íbamos distinguiendo sus facciones: un joven de unos 14 o 15 años, de gran belleza. Estábamos sorprendidos y medio absortos”.

La descripción de la hermana Lucía revela poco al respecto de los seres angélicos, y más bien aumenta el misterio que los rodea. Hasta en la Sagrada Escritura faltan elementos precisos sobre su naturaleza y atributos; lo que sabemos se deduce de su acción, en las misiones que Dios les ha confiado entre los hombres.

¿Quiénes son los ángeles, a fin de cuentas? ¿Cuáles son sus características? Podemos encontrar la respuesta en los escritos de uno de los autores que más a fondo trató el asunto: santo Tomás de Aquino, el Doctor Angélico. Basados en su doctrina, veamos algunas de las interesantes cuestiones relativas a los ángeles.

¿Los ángeles son más numerosos que los hombres?

Dios, al crear, tuvo en vista “la perfección del universo como finalidad principal1, puesto que tenía el propósito de reflejar el supremo Bien, o sea, a sí mismo. Por ello, hizo en mayor número a los seres más elevados. Y los espíritus celestiales, que superan en dote y cualidad a los seres corpóreos, fueron creados en tanta cantidad, que a su lado todas las estrellas del firmamento no pasan de un puñadito de piedras preciosas.

Todos los hombres –desde Adán hasta el último que nazca al final del mundo– son pocos en comparación a las miríadas de puros espíritus que reflejan tan perfectamente al Creador de los hombres y de los ángeles. Dionisio, con gran veracidad, confesó humildemente: “Los ejércitos bienaventurados de los espíritus celestiales son numerosos, superando la medida estrecha y limitada de nuestros números materiales2.

¿Los ángeles son todos iguales?

Según el Doctor Angélico, las criaturas deben representar la bondad de Dios. Pero ninguna criatura –¡ni siquiera María Santísima!– es capaz de representar suficientemente toda la bondad divina, para esto creó seres múltiples y distintos; así, cada individuo expresa una faceta diferente del Bien Supremo, y suplirá uno lo que no se halla en otro.

Los seres creados –si se los dispusiera en una escala de menor a mayor– forman una inmensa cadena, donde el conjunto de los varios grados, cada cual más excelente, entregará una noción más completa y arquitectónica de la Suma Perfección de lo que podrían hacerlo cada uno de ellos por su sola parte 3.

Además, en la medida en que las criaturas se acercan al Bien Supremo, las diferencias entre ellas se multiplican, para reflejar mejor la riqueza infinita de los dones de Dios. De modo que la extremada variedad del mundo angélico supera al mundo físico hasta el punto de hacer parecer a este último pálido, pobre e incluso monótono en comparación.

Entre los ángeles no hay individuos semejantes, agrupados en familias o razas, como sucede en el género humano. Cada uno difiere del otro como si fueran otras tantas especies 4. Santo Tomás de Aquino, basándose en la Escritura, los ordena en tres jerarquía y nueve coros: “Isaías habla de los Serafines; Ezequiel de los Querubines; Pablo, de los Tronos, las Dominaciones, las Virtudes, las Potestades, los Principados; Judas habla de los Arcángeles, mientras el nombre de Ángeles figura en muchos sitios de la Escritura5.

Mientras san Dionisio explica la división de la jerarquía angélica en función de sus perfecciones espirituales, san Gregorio lo hace de acuerdo a sus ministerios exteriores: “Los Ángeles son los que anuncian las cosas menos importantes; los Arcángeles, las más importantes. Las Virtudes, por ellas se realizan los milagros; las Potestades, por las que se reprimen los malos poderes; los Principados, que presiden a los mismos espíritus buenos” 6.

¿De qué manera los ángeles pueden influir en los hombres?

Casa Matriz de los Heraldos del EvangelioLos ángeles pueden influir profundamente en los hombres, aunque lo hagan siempre con discreción, porque la humildad también es una virtud angelical. ¡Cuántas veces una buena inspiración tiene su origen en un ángel! O cuando el presentimiento de algún peligro grave hace que las personas tomen medidas que las libran de un accidente o de un gran daño, ciertamente un ángel solícito estaba cuidando el bien de su protegido.

Pero los ángeles ejercen un importante papel, sobre todo en lo que respecta a la fe, como nos lo enseña el Doctor Angélico: “Dionisio prueba que las revelaciones de las cosas divinas llegan a los hombres mediante los ángeles. Esas revelaciones son iluminaciones, por tanto los hombres son iluminados por los ángeles7.

Por el orden de la Divina Providencia –continúa santo Tomás– los inferiores se someten a las acciones de los superiores. Así como los ángeles inferiores son iluminados por los superiores, también los hombres, inferiores a los ángeles, son iluminados por éstos. […] De otro lado, el intelecto humano, en cuanto inferior, es fortalecido por la acción del intelecto angélico8.

¿Es verdad que tengo un ángel de la guarda para protegerme?

Al abordar este punto, el Doctor Angélico cita el comentario de san Jerónimo a las palabras del Divino Maestro: “Sus ángeles [de los pequeños] en los cielos ven continuamente el rostro de mi Padre” (Mt 18, 10). “Grande es la dignidad de las almas –afirma san Jerónimo– ya que, al nacer, cada una tiene un ángel delegado a su custodia9.

Así, cada hombre recibe un príncipe de la corte celestial que nunca lo abandona, por más que atraviese situaciones culpables o pavorosas. Tal como reza una devota oración al ángel de la guarda, él rige, custodia, gobierna e ilumina a su protegido. El ángel ilumina al hombre para inclinarlo al bien o comunicarle la voluntad divina 10 y lo protege contra los asaltos del demonio. Sobre todo, el ángel se mantiene siempre ante la presencia de Dios, incluso estando al lado de su protegido, intercediendo continuamente por él.

NOTAS:
1) I, q. 50, a.3 resp.
2) De Caelesti Hierarchia, cap. 14, in MIGNE, PG, 3, 321 A.
3) cf. I q. 47, a. 1e 2.
4) cf. I q. 50, a. 4.
5) cf. I q. 108, a. 5 s.c.
6) cf. I q. 108, a. 5 resp.
7) cf. I q. 111 a. 1 s.c.
8) cf. I q. 111 a. 1 resp.
9) MIGNE, PL, 26, 130 B.
10) cf. I q. 111 a. 1.

Apud: Revista Heraldos del Evangelio, Madrid, nº 50, septiembre 2007

Maestro de los Ronds de Cobourg. Museo Dijon (Francia)

San Miguel Arcángel: ¿Quién como Dios?

Padre Pedro Morazzani Arráiz, E.P.

P. Pedro Morazzani Arráiz, E.P.

Los ángeles fueron dotados por Dios con una inteligencia perfectísima y sin embargo pecaron, rebelándose contra su Creador. Misterio del mal… San Miguel, por su fidelidad, recibió como premio la misión de proteger a la Santa Iglesia.

Todos los domingos, durante la celebración de la sagrada eucaristía, un número incontable de fieles en el orbe católico canta o recita el símbolo de nuestra fe. Las verdades de nuestra santa religión son proclamadas una tras otra, obedeciendo una inspirada y sublime síntesis, hasta completar la totalidad de la única doctrina de la fe: “Así como la semilla de la mostaza contiene en un grano pequeñísimo a un gran número de ramas –enseña san Cirilo de Jerusalén–, de la misma manera este resumen de la fe encierra en algunas palabras todo el conocimiento de la verdadera piedad contenida en el Antiguo y el Nuevo Testamento” ¹.

Creo en Dios Padre todopoderoso“. Después de esta afirmación primera y fundamental, de la cual dependen todos los demás artículos del Credo, proclamamos enseguida “el comienzo de la historia de la salvación” ²: “Creador del cielo y de la tierra”.

El misterio de la Creación

Dios, Ser absoluto y eterno, no tenía necesidad de ninguna criatura que le rindiera homenaje ni que reconociera su grandeza ilimitada. Entre tanto, en su misericordia, quiso crear, no para aumentar su propia gloria, intrínseca y sempiterna, sino para manifestar su amor todopoderoso y “comunicar su gloria” ³ a los seres que había creado, compartiendo con ellos su verdad, su bondad y su belleza.

Una inmensa multitud de criaturas diversas y desiguales –seres visibles e invisibles, inteligentes o desprovistos de razón, dispuestos en una maravillosa jerarquía– dio forma, así, al Orden del universo, reflejo de la perfección adorable del Ser infinito, que sólo se manifestaría totalmente en la plenitud de los tiempos mediante su Hijo Unigénito, Jesucristo, el Verbo eterno encarnado.

Explica el Doctor Angélico que “el efecto no representa más que a su causa” 4. Así, en todas las criaturas podemos encontrar vestigios de la eterna Sabiduría que las sacó de la nada: en los astros que pueblan la inmensidad del firmamento y cuyas constelaciones se encuentran separadas, a veces, por millones de años-luz; en los diminutos granos de arena, jamás iguales entre sí, que cubren desiertos y playas; en la variedad asombrosa de vegetales, que va desde “la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al fuego” (Mt 6, 30) hasta los milenarios alerces y secuoyas; en el admirable instinto de los insectos, en la fidelidad casi inteligente de un perro, en la delicadeza virginal de un armiño, en los miles de microbios que pueden pulular en una gota de agua… Pero Dios quiso reflejarse sobre todo en el hombre, creado a su imagen. Y al hacerlo como un compuesto de cuerpo corruptible y alma inmortal, lo transformó en un eslabón entre la materia y el mundo espiritual.

El mundo angelical

Pero en lo alto de esta grandiosa jerarquía, desde donde “superan en perfección a todas las criaturas visibles” 5, Dios colocó a los ángeles, criaturas puramente espirituales, inteligentes y capaces de amar, llenos de gracia divina desde el inicio de su existencia, en la aurora de la primera mañana de la creación. Distribuidos y ordenados por Dios en nueve coros 6 –Serafines, Querubines, Tronos, Dominaciones, Virtudes, Potestades, Principados, Arcángeles y Ángeles– forman el ejército de la Jerusalén celestial, y recibieron la triple misión de ser perpetuos adoradores de la Santísima Trinidad, agentes de los designios
divinos y protectores del género humano.

Corte del Señor, inmensa e incalculable. “¿Puede contar alguien sus tropas?”, pregunta el Libro de Job (25, 3). Y el profeta Daniel, abismado, escribió: “Miles de millares le servían, miríadas de miríadas estaban en pie delante de él” (Dan 7, 10). Sin embargo, cada uno de estos espíritus ostenta una personalidad propia, inconfundible y específica, sin que haya sido creado uno igual al otro 7.

El primero de los ángeles

Dios, a tanta diversidad y esplendor, quiso colocar un ápice, un punto monárquico, un ser que reflejara de modo inigualable la luz eterna e inextinguible. Maravilla de maravillas, obra maestra del mundo angélico, fulguraba en lo más alto de los coros y todos se extasiaban frente a él, como si dijeran: “Eras el sello de una obra maestra, lleno de sabiduría, acabado en belleza. En Edén estabas, en el jardín de Dios. Toda suerte de piedras preciosas formaban tu manto” (Ez 28, 12-13).

Como primero de los serafines, iluminaba a todos los espíritus celestiales con los reflejos de la divinidad que su inteligencia sin par discernía con la ayuda de la gracia. Su nombre era Lucifer, el portador de la luz…

La prueba de los espíritus celestiales

Sin embargo, antes de poder contemplar la esencia de Dios por toda la eternidad, los ángeles debían atravesar una prueba. Pues, a pesar de la altísima perfección de su naturaleza, “el ángel no puede volverse a aquella bienaventuranza por su voluntad a no ser ayudada por la gracia”8.

Ante ellos la faz del Ser infinito permanecía como en penumbras, y solamente sus destellos eran capaces de alimentar el ardiente amor de las legiones del Señor.

Según afirman Tertuliano, san Cipriano, san Basilio, san Bernardo y otros santos, la prueba que decidió del destino eterno de los espíritus angélicos fue el anuncio de la Encarnación del Verbo, Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre, el cual habría de nacer de la Virgen María.

Podemos imaginar que una conmoción de asombre recorrió entonces las filas de la milicia celestial cuando conocieron intuitivamente, por una acción de Dios, el plan de la Salvación: el Creador eterno, inaccesible, todopoderoso, se uniría hipostáticamente a la naturaleza humana, elevándola con ello hasta el mismo trono del Altísimo; y una mujer, la Madre de Dios, se convertiría en medianera de todas las gracias, sería encumbrada por encima de los coros angélicos y coronada como Reina del Universo.

Lo inexplicable surgía frente a los ángeles como cúspide y núcleo de la obra de la creación.

La prueba había llegado.

¡Amar sin entender! ¡Amar sobre todas las cosas al Dios Altísimo que en una sublime manifestación de su amor había sacado de la nada a todas las criaturas! Reconocer, en un supremo impulso de adoración y sumisión, la superioridad infinita de la Bondad absoluta y eterna.

Era el acto que confirmaría a los espíritus angélicos en la gracia divina y los introduciría en la visión beatífica para siempre.

La primera revolución de la Historia

Pero Lucifer vaciló ante un misterio que sobrepasaba su comprensión angélica. ¿Estaría ignorando Dios la naturaleza perfectísima de los ángeles y prefería unirse a un ser humano, tan inferior a ellos en el orden de las criaturas? Él, el serafín más alto, ¿sería obligado a adorar a un hombre? “Esta unión hipostática del hombre con el Verbo le pareció intolerable y deseó que se realizara con él”, afirma Cornelio a Lápide 9. Sí, sólo con él, Lucifer, “perfecto desde que fuiste creado” (Ez 28, 15), debería unirse Dios y de este modo erigirlo en mediador único y necesario entre el Creador y las criaturas. Así, “el que había sido hecho ángel desde la nada, comparándose, lleno de soberbia, con su Creador, pretendió robar lo que era propio del Hijo de Dios”, concluye san Bernardo 10.

El ángel pecó queriendo ser como Dios11 y el príncipe de la luz se volvió tinieblas. Se pudo oír el primer grito de rebeldía en la historia de la creación: “¡No serviré! ¡Al cielo voy a subir, por encima de las estrellas de Dios alzaré mi trono, y me sentaré en el Monte de la Reunión! ¡Me asemejaré al Altísimo!” (cf. Is 14, 13-14).

El defensor de la gloria de Dios

Resonó entonces un grito en el Cielo: “¿Quién como Dios?

Entre el ángel rebelde y el trono del todopoderoso se levantaba “uno de los primeros príncipes” (Dan 10, 3), un serafín incomparablemente más esplendoroso y fuerte de lo que había sido “el portador de la luz”.

¿Quién era éste que se atrevía a desafiar al más alto de los ángeles y ahora refulgía invencible, revestido con “el poder de la divina justicia, más fuerte que toda virtud natural de los ángeles12?

¿Quién era éste? Llama viva de amor, hoguera de celo y humildad, ejecutor de la divina justicia.

¿Quién como Dios?” – Millones de millones de espíritus angélicos repitieron el mismo grito de fidelidad. “¿Quién como Dios?” – Este signo de fidelidad, que en hebreo se dice Mi-ka-el, se transformó en el nombre del serafín que, por su caridad sin parangón, fue el primero en alzarse en defensa de la Majestad ofendida.

Michael, Miguel: nombre que expresa, en su sonora brevedad, la alabanza más completa, la adoración más perfecta, el reconocimiento más lleno de amor a la trascendencia divina y la confesión más humilde de la contingencia de la criatura.

La primera batalla de una guerra eterna

Hubo una gran batalla en el Cielo” (Ap 12, 7). Lucha entre ángeles y demonios, lucha de la luz contra las tinieblas, de la fidelidad contra la soberbia, de la humildad y el orden contra el orgullo y el desorden. “Miguel y sus ángeles combatieron con el Dragón. También el Dragón y sus Ángeles combatieron” (Ap 12, 7).

Satanás, lleno de orgullo y “obstinado en su pecado13, “arrastró la tercera parte”(Ap 12, 4) de los espíritus angélicos, hundiéndolos consigo en las tinieblas eternas de la rebelión.

Pero no prevalecieron, ni hubo más lugar para ellos en el cielo. Ese gran dragón, que se llama demonio y Satanás, fue precipitado junto a sus ángeles (Ap 12, 8-9) en los abismos tenebrosos del infierno (Pe 2, 4).

Un inmenso clamor llenó el universo: “¡Cómo has caído de los cielos, Lucero, hijo de la Aurora! ¡Ha sido precipitada al infierno tu arrogancia!” (Is 14, 11-12).

Y mientras el serafín rebelde era visto “caer del cielo como un rayo” (Lc 10, 18) y ser condenado al fuego inextinguible, “preparado para el Diablo y sus ángeles” (Mt 25, 41), san Miguel era elevado por el rey eterno a la cima de la jerarquía de los ángeles fieles y se convertía en el “gloriosísimo príncipe de la milicia celestial”, como lo designa la liturgia de la Santa Iglesia Católica.

El nuevo campo de batalla

Restablecido el orden en los cielos angelicales, el campo de batalla donde prosiguió la lucha entre la luz y las tinieblas pasó a ser la tierra de los hombres.

El ángel destronado consiguió seducir a nuestros primeros padres para hacerlos pecar, como él, contra el
Altísimo, queriendo ser como dioses (Gen 3, 5) y el Señor declaró la guerra al tentador: “Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje” (Gen 3, 15).

A partir de este momento, la historia humana está atravesada por una ardua lucha contra el poder de las tinieblas. Iniciada al comienzo mismo del mundo, esta batalla durará hasta el último día, según las palabras del Señor. El hombre, inserto en esta batalla, debe luchar por sumarse al bien 14.

En este combate, además de las armas decisivas de la gracia de Dios, que los sacramentos nos entregan en superabundancia, los hombres cuentan con el auxilio y la protección de los ángeles. Y al príncipe de la Jerusalén celestial corresponde la capitanía de todas legiones angélicas en la lucha contra las fuerzas del infierno por la salvación de las almas. Así, san Miguel prosigue en la tierra la lucha triunfal que comenzó en el Cielo.

Protector del pueblo elegido y de la Santa Iglesia

San Miguel fue el ángel tutelar del pueblo de Israel.

A menudo la iconograf�a representa a San Miguel como un magn�fico guerrero luchando contra LuciferLas Sagradas Escrituras lo mencionan por primera vez en el libro de Daniel. Este profeta, al escribir las revelaciones recibidas del ángel Gabriel sobre el combate para liberar a la nación elegida de la servidumbre a los persas, afirma que nadie la defenderá “excepto Miguel, vuestro Príncipe” (Dan 10, 22). Y añade, cuando relata las tribulaciones de épocas futuras: “En aquel tiempo surgirá Miguel, el gran Príncipe que defiende a los hijos de tu pueblo” (Dan 12, 1).

El serafín de la fidelidad no dejó de proteger al pueblo de Israel y velar por la fe de la sinagoga hasta el momento supremo de la muerte de Nuestro Señor Jesucristo.

El sol se oscureció y hubo tinieblas, la tierra tembló, se partieron las piedras y el velo del Templo –monumental tejido de jacinto, púrpura y escarlata que cubría la entrada del impenetrable “Santo de los Santos”– se rasgó en dos partes, de alto abajo (cf. Mt 27, 51; Mc 15, 38; Lc 23, 45). El famoso historiador judío Flavio Josefo cuenta que, después de estos acontecimientos, los propios sacerdotes del Templo escucharon dentro del recinto sagrado una misteriosa voz que clamaba repetidas veces: “¡Salgamos de aquí!15.

San Miguel, el centinela de Israel, abandonaba definitivamente el Templo de la Antigua Alianza, ahora inútil, porque el único sacrificio verdadero acababa de consumarse en lo alto del Calvario. Del corazón atravesado del Cordero Inmaculado nacía la Santa Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo, Templo eterno del Espíritu Santo. Y a partir de ese instante, Miguel el triunfador, el primer adorador del Verbo encarnado, se volvió también el vigilante protector de la única Iglesia de Dios.

Al respecto escribió el cardenal Shuster: “Después del oficio de padre legal de Jesucristo, que corresponde a san José, no hay en la tierra ningún ministerio más importante y más sublime que el conferido a san Miguel: protector y defensor de la Iglesia” 16.

Notas:
1) Cathechese Iluminandorum, in CIC 186.
2) CIC, 280.
3) CIC, 319.
4) Suma Teológica I, q. 45, a. 7.
5) CIC, 330.
6) Suma Teológica I q. 108 a. 5.
7) Idem I, q. 50, a. 4.
8) Idem I, q. 62, a. 2.
9) A. Bernet, Enquête sur les Anges, Librairie Académique Perrin, 1997, p. 43.
10) Obras Completas, BAC, Madrid, 1953, vol. 1, p. 215.
11) Suma Teológica I, q. 65, a. 5.
12) Idem I, q. 109, a. 4.
13) Idem I, q. 63, a. 2.
14) Gaudium et Spes, 37, 2.
15) Cf. História dos hebreus, Editorial das Américas, São Paulo, 1963, vol. 8, p. 304.
16) Año Cristiano, BAC, Madrid, 2002, vol. 9, p. 266.

Apud: Revista Heraldos del Evangelio, Madrid, nº 50, septiembre 2007

Apocalipsis Nova

La obra conocida como Apocalipsis Nova cuyo  título completo es “Apocalipsis Nova, sensum habens apertum, et ea quae in antiqua Apocalypsis erant intus, hic ponuntur foris, hoc est, quae erant abscondita, sunt hic aperta et interpretata” fue escrita por el Beato Amadeo de Silva y Meneses, y fue difundida desde finales del siglo XVII por el doctor Alonso Alberto de Velasco, “Cura de la Santa Iglesia Catedral Metropolitana de Mexico, Abogado y consultor del Santo Oficio de la Inquisisción de Nueva-España, según cuenta el Teólogo Jesuita Andrés Serrano (1655-1711) en su obra “Los siete principes de los ángeles, válidos del Rey del Cielo” publicada en Mexico en 1699 y en Bruselas en 1707
Beato Amadeo de Silva y Meneses (Hermano de santa Beatriz)
(1420-1482). Presbítero. Nace en Ceuta (actual territorio español), en ese entonces de Portugal. Hijo del alcalde de Campomayor y Uguela, Ruiz Gómez de Silva, y de Isabel de Meneses, es bautizado con el nombre de Juan. Hermano de santa Beatriz de Silva (17 de agosto), recibe esmerada educación tanto civil como religiosa. Algunos de sus biógrafos consignan que antes de unirse a los franciscanos vive como ermitaño. Hacia 1438 ingresa en el monasterio de Jerónimo de la Puebla de Guadalupe -virgen española, famosa por sus milagros- como hermano lego, que no tiene órdenes clericales, donde -pese a su noble origen- desempeña las más humildes faenas. Ahí permanece más de 20 años. Con la finalidad de ir a Arabia, tierra de infieles, y evangelizar, se traslada a Granada, donde se embarca a África; sin embargo, una tempestad lo regresa a costas españolas. Ingresa con los franciscanos, sin precisarse fecha exacta, donde está seguro y encuentra el ambiente propicio para desarrollar su espíritu y vocación de servicio a Dios y al prójimo. En 1452 solicita: autorización para trasladarse a Asís, Italia, con el propósito de estar cerca de las reliquias del Fundador. En este lugar encuentra la paz que tanto busca y redefine su vocación; aceptando los designios divinos, deja atrás la idea de convertirse en misionero. Ahí realiza una modificación a la Regla franciscana, lo que da origen a la llamada “reforma amadeista”, además de cambiar el hábito tradicional color pardo por uno blanco. Debido a sus características espirituales, se le envía a predicar a Perugia, Milán y Brescia. Por obediencia, después de haber permanecido como lego, se ordena sacerdote a la edad de 39 años. Es llamado por el pontífice Sixto IV (1471-1484) para ir a Roma, convertirse en su guía espiritual y encargarse de la dirección del monasterio de san Pedro en Montorio. Posteriormente (1482) radica en Milán, donde realiza una profunda misión visitando todos los templos y monasterios de la región; dando testimonio con su vida de un amor a Cristo y a sus seguidores, entrega su alma en el convento de Vimercate, cercano a la ciudad citada. Nota: los amadeistas son unidos a la congregación de los Franciscanos Observantes en 1568. También se le conoce como: Amadeo o Amador de Portugal, Amadeo de Silva y Meneses.

La acción de Satanás y la victoria de Cristo (20.VIII.86)

Catequesis sobre el Credo (5.XII.84 – 7.XII.86)

Juan Pablo II

La acción de Satanás y la victoria de Cristo (20.VIII.86)

  1. Nuestras catequesis sobre Dios, Creador de las cosas ‘visibles e invisibles’, nos ha llevado a iluminar y vigorizar nuestra fe por lo que respecta a la verdad sobre el maligno o Satanás, no ciertamente querido por Dios, sumo Amor y Santidad, cuya Providencia sapiente y fuerte sabe conducir nuestra existencia a la victoria sobre el príncipe de las tinieblas.Efectivamente, la fe de la Iglesia nos enseña que la potencia de Satanás no es infinita. El sólo es una criatura, potente en cuanto espíritu puro, pero siempre una criatura, con los límites de la criatura, subordinada al querer y al dominio de Dios. Si Satanás obra en el mundo por su odio a Dios y su reino, ello es permitido por la Divina Providencia que con potencia y bondad (‘fortiter et suaviter’) dirige la historia del hombre y del mundo. Si la acción de Satanás ciertamente causa muchos daños -de naturaleza espiritual- e indirectamente de naturaleza también física a los individuos y a la sociedad, él no puede, sin embargo, anular la finalidad definitiva a la que tienden el hombre y toda la creación, el bien. El no puede obstaculizar la edificación del reino de Dios en el cual se tendrá, al final, la plena actuación de la justicia y del amor del Padre hacia las criaturas eternamente ‘predestinadas’ en el Hijo-Verbo, Jesucristo. Más aún, podemos decir con San Pablo que la obra del maligno concurre para el bien y sirve para edificar la gloria de los ‘elegidos’ (Cfr. 2 Tim 2, 10).
  2. Así toda la historia de la humanidad se puede considerar en función de la salvación total, en la cual está inscrita la victoria de Cristo sobre ‘el príncipe de este mundo’ (Jn 12, 31; 14, 30; 16, 11). ‘Al Señor tu Dios adorarás y a El sólo servirás’ (Lc 4, 8), dice terminantemente Cristo a Satanás.En un momento dramático de su ministerio, a quienes lo acusaban de manera descarada de expulsar los demonios porque estaba aliado de Belcebú, jefe de los demonios, Jesús responde aquellas palabras severas y confortantes a la vez :’Todo reino en sí dividido será desolado y toda ciudad o casa en sí dividida no subsistirá. Si Satanás arroja a Satanás, está dividido contra sí: ¿cómo, pues, subsistirá su reino?. Mas si yo arrojo a los demonios con el poder del espíritu de Dios, entonces es que ha llegado a vosotros el reino de Dios’ (Mt 12, 25-26. 28). ‘Cuando un hombre fuerte bien armado guarda su palacio, seguros están sus bienes; pero si llega uno más fuerte que él, le vencerá, le quitará las armas en que confiaba y repartirá sus despojos’ (Lc 11, 21-22). Las palabras pronunciadas por Cristo a propósito del tentador encuentran su cumplimiento histórico en la cruz y en la resurrección del Redentor. Como leemos en la Carta a los Hebreos, Cristo se ha hecho partícipe de la humanidad hasta la cruz ‘para destruir por la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a aquellos que estaban toda la vida sujetos a servidumbre’ (Heb 2, 14-15). Esta es la gran certeza de la fe cristiana: ‘El príncipe de este mundo ya está juzgado’ (Jn 16, 11); ‘Y para esto apareció el Hijo de Dios, para destruir las obras del diablo’ (1 Jn 3, 8), como nos atestigua San Juan. Así, pues, Cristo crucificado y resucitado se ha revelado como el ‘más fuerte’ que ha vencido ‘al hombre fuerte’, el diablo, y lo ha destronado.De la victoria de Cristo sobre el diablo participa la Iglesia: Cristo, en efecto, ha dado a sus discípulos el poder de arrojar los demonios (Cfr. Mt 10,1, y paral.; Mc 16, 17). La Iglesia ejercita tal poder victorioso mediante la fe en Cristo y la oración (Cfr. Mc 9, 29; Mt 17, 19 ss.), que en casos específicos puede asumir la forma de exorcismo.
  3. En esta fase histórica de la victoria de Cristo se inscribe el anuncio y el inicio de la victoria final, la parusía, la segunda y definitiva venida de Cristo al final de la historia, venida hacia la cual está proyectada la vida del cristiano. También si es verdad que la historia terrena continúa desarrollándose bajo el influjo de ‘aquel espíritu que -como dice San Pablo- ahora actúa en los que son rebeldes’ (Ef 2, 2), los creyentes saben que están llamados a luchar para el definitivo triunfo del bien: ‘No es nuestra lucha contra la sangre y la carne, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malos de los aires’ (Ef 6, 12).
  4. La lucha, a medida que se avecina el final, se hace en cierto sentido siempre más violenta, como pone de relieve especialmente el Apocalipsis, el último libro del Nuevo Testamento (Cfr. Ap 12, 7-9). Pero precisamente este libro acentúa la certeza que nos es dada por toda la Revelación divina: es decir, que la lucha se concluirá con la definitiva victoria del bien. En aquella victoria, precontenida en el misterio pascual de Cristo, se cumplirá definitivamente el primer anuncio del Génesis, que con un término significativo es llamado proto-Evangelio, con el que Dios amonesta a la serpiente: ‘Pongo perpetua enemistad entre ti y la mujer’ (Gen 3, 15). En aquella fase definitiva, completando el misterio de su paterna Providencia, ‘liberará del poder de las tinieblas’ a aquellos que eternamente ha ‘predestinado en Cristo’ y les ‘transferirá al reino de su Hijo predilecto’ (Cfr. Col 1, 13-14). Entonces el Hijo someterá al Padre también el universo, para que ‘sea Dios en todas las cosas’ (1 Cor 15, 28).
  5. Con ésta se concluyen las catequesis sobre Dios Creador de las ‘cosas visibles e invisibles’, unidas en nuestro planteamiento con la verdad sobre la Divina Providencia. Aparece claro a los ojos del creyente que el misterio del comienzo del mundo y de la historia se une indisolublemente con el misterio del final, en el cual la finalidad de todo lo creado llega a su cumplimiento. El Credo, que une así orgánicamente tantas verdades, es verdaderamente la catedral armoniosa de la fe.De manera progresiva y orgánica hemos podido admirar estupefactos el gran misterio de la inteligencia y del amor de Dios, en su acción creadora, hacia el cosmos, hacia el hombre, hacia el mundo de los espíritus puros. De tal acción hemos considerado la matriz trinitaria, su sapiente finalidad relacionada con la vida del hombre, verdadera ‘imagen de Dios’, a su vez llamado a volver a encontrar plenamente su dignidad en la contemplación de la gloria de Dios. Hemos recibido luz sobre uno de los máximos problemas que inquietan al hombre e invaden su búsqueda de la verdad: el problema del sufrimiento y del mal. En la raíz no está una decisión errada o mala de Dios, sino su opción, y en cierto modo su riesgo, de crearnos libres para tenernos como amigos. De la libertad ha nacido también el mal. Pero Dios no se rinde, y con su sabiduría transcendente, predestinándonos a ser sus hijos en Cristo, todo lo dirige con fortaleza y suavidad, para que el bien no sea vencido por el mal.

 

El pecado y la acción de Satanás (13.VIII.86)

Catequesis sobre el Credo (5.XII.84 – 7.XII.86)

Juan Pablo II

El pecado y la acción de Satanás (13.VIII.86)

  1. Continuando el tema de las precedentes catequesis dedicadas al artículo de fe referente a los ángeles, criaturas de Dios, vamos a explorar el misterio de la libertad que algunos de ellos utilizaron contra Dios y contra su plan de salvación respecto a los hombres.Como testimonia el Evangelista Lucas en el momento, en el que los discípulos se reunían de nuevo con el Maestro llenos de alegría por los frutos recogidos en sus primeras tareas misioneras, Jesús pronuncia una frase que hace pensar: ‘veía yo a Satanás caer del cielo como un rayo’ (Lc 10, 18).Con estas palabras el Señor afirma que el anuncio del reino de Dios es siempre una victoria sobre el diablo, pero al mismo tiempo revela también que la edificación del reino está continuamente expuesta a las insidias del espíritu del mal. Interesarse por esto, como tratamos de hacer con nuestra catequesis de hoy, quiere decir prepararse al estado de lucha que es propio de la vida de la Iglesia en este tiempo final de la historia de la salvación (como afirma el libro del Apocalipsis. Cfr. 12, 7). Por otra parte, esto ayuda a aclarar la recta fe de la Iglesia frente a aquellos que la alteran exagerando la importancia del diablo o de quienes niegan o minimizan su poder maligno.Las precedentes catequesis sobre los ángeles nos han preparado para comprender la verdad, que la Iglesia ha transmitido, sobre Satanás, es decir, sobre el ángel caído, el espíritu maligno, llamado también diablo o demonio.
  2. Esta ‘caída’, que presenta la forma de rechazo de Dios con el consiguiente estado de ‘condena’, consiste en la libre elección hecha por aquellos espíritus creados, los cuales radical y irrevocablemente han rechazado a Dios y su reino, usurpando sus derechos soberanos y tratando de trastornarla economía de la salvación y el ordenamiento mismo de toda la creación.Un reflejo de esta actitud se encuentra en las palabras del tentador a los progenitores: ‘Seréis como Dios’ o ‘como dioses’ (Cfr. Gen 3, 5). Así el espíritu maligno trata de transplantar en el hombre la actitud de rivalidad, de insubordinación a Dios y su oposición a Dios que ha venido a convertirse en la motivación de toda su existencia.
  3. En el Antiguo Testamento, la narración de la caída del hombre, recogida en el libro del Génesis, contiene una referencia a la actitud de antagonismo que Satanás quiere comunicar al hombre para inducirlo a la transgresión (Cfr. Gen 3, 5). También en el libro de Job (Cfr. Job 1, 11; 2,5.7), vemos que satanás trata de provocar la rebelión en el hombre que sufre. En el libro de la Sabiduría (Cfr. Sab 2, 24), satanás es presentado como el artífice de la muerte que entra en la historia del hombre juntamente con el pecado.
  4. La Iglesia, en el Conc. Lateranense IV (1215), enseña que el diablo (satanás) y los otros demonios ‘han sido creados buenos por Dios pero se han hecho malos por su propia voluntad’. Efectivamente, leemos en la Carta de San Judas: . a los ángeles que no guardaron su principado y abandonaron su propio domicilio los reservó con vínculos eternos bajo las tinieblas para el juicio del gran día’ (Jds 6). Así también en la segunda Carta de San Pedro se habla de ‘ángeles que pecaron’ y que Dios ‘no perdonó. sino que, precipitados en el tártaro, los entregó a las cavernas tenebrosas, reservándolos para el juicio’ (2, 4).Está claro que si Dios ‘no perdonó’ el pecado de los ángeles, lo hace para que ellos permanezcan en su pecado, porque están eternamente ‘en las cadenas’ de esa opción que han hecho al comienzo, rechazando a Dios, contra la verdad del bien supremo y definitivo que es Dios mismo. En este sentido escribe San Juan que: ‘el diablo desde el principio peca’ (1 Jn 3, 3). Y ‘ él es homicida desde el principio y no se mantuvo en la verdad, porque la verdad no estaba en él’ (Jn 8, 44).
  5. Estos textos nos ayudan a comprender la naturaleza y la dimensión del pecado de satanás, consistente en el rechazo de la verdad sobre Dios, conocido a la luz de la inteligencia y de la revelación como Bien infinito, amor, y santidad subsistente.El pecado ha sido tanto más grande cuanto mayor era la perfección espiritual y la perspicacia cognoscitiva del entendimiento angélico, cuanto mayor era su libertad y su cercanía a Dios. Rechazando la verdad conocida sobre Dios con un acto de la libre voluntad, satanás se convierte en ‘mentiroso cósmico’ y ‘padre de la mentira’ (Jn 8, 44). Por esto vive la radical e irreversible negación de Dios y trata de imponer a la creación, a los otros seres creados a imagen de Dios, y en particular a los hombres, su trágica ‘mentira sobre el Bien’ que es Dios. En el libro del Génesis encontramos una descripción precisa de esa mentira y falsificación de la verdad sobre Dios, que satanás (bajo la forma de serpiente) intenta transmitir a los primeros representantes del género humano: Dios sería celoso de sus prerrogativas e impondría por ello limitaciones al hombre (Cfr. Gen 3, 5). Satanás invita al hombre a liberarse de la imposición de este juego, haciéndose ‘como Dios’.
  6. En esta condición de mentira existencial satanás se convierte -según San Juan- también en homicida, es decir, destructor de la vida sobrenatural que Dios había injertado desde el comienzo en él y en las criaturas ‘hechas a imagen de Dios’: los otros espíritus puros y los hombres; satanás quiere destruir la vida según la verdad, la vida en la plenitud del bien, la vida sobrenatural de gracia y de amor. El autor del libro de la Sabiduría escribe:. por envidia del diablo entró la muerte en el mundo, y la experimentan los que le pertenecen’ (Sab 2, 24). En el Evangelio Jesucristo amonesta: . temed más bien a aquel que puede perder el alma y el cuerpo en la gehena’ (Mt 10,28).
  7. Como efecto del pecado de los progenitores, este ángel caído ha conquistado en cierta medida el dominio sobre el hombre.Esta es la doctrina constantemente confesada y anunciada por la Iglesia, y que el Concilio de Trento ha confirmado en el tratado sobre el pecado original (.): Dicha doctrina encuentra dramática expresión en la liturgia del bautismo, cuando se pide al catecúmeno que renuncie al demonio y a sus seducciones.Sobre este influjo en el hombre y en las disposiciones de su espíritu (y del cuerpo) encontramos varias indicaciones en la Sagrada Escritura, en las cuales satanás es llamado ‘el príncipe de este mundo’ (Cfr. Jn 12, 31; 14, 30;16, 11) e incluso ‘el Dios del siglo’ (2 Cor 4, 4). Encontramos muchos otros nombres que describen sus nefastas relaciones con el hombre: ‘Belcebú’ o ‘Belial’, ‘espíritu inmundo’, ‘tentador’, ‘maligno’ y finalmente ‘anticristo’ (1 Jn 4, 3). Se le compara a un ‘león’ (1 Pe 5, 8), a un ‘dragón’ (en el Apocalipsis) ya una ‘serpiente’ (Gen 3). Muy frecuentemente para nombrarlo se ha usado el nombre de ‘diablo’ del griego ‘diaballein’ -diaballein- (del cual ‘diabolos’),que quiere decir: causar la destrucción, dividir, calumniar, engañar. Y a decir verdad, todo esto sucede desde el comienzo por obra del espíritu maligno que es presentado en la Sagrada Escritura como una persona, aunque se afirma que no está solo: ‘somos muchos’, gritaban los diablos a Jesús en la región de las gerasenos (Mc 5, 9); ‘el diablo y sus ángeles’, dice Jesús en la descripción del juicio final (Cfr. Mt 25, 41).
  8. Según la Sagrada Escritura, y especialmente el Nuevo Testamento, el dominio y el influjo de Satanás y de los demás espíritus malignos se extiende al mundo entero. Pensemos en la parábola de Cristo sobre el campo (que es el mundo), sobre la buena semilla y sobre la mala semilla que el diablo siembra en medio del grano tratando de arrancar de los corazones el bien que ha sido ‘sembrado’ en ellos (Cfr. Mt 13, 38-39). Pensemos en las numerosas exhortaciones a la vigilancia (Cfr. Mt 26, 41; 1 Pe 5, 8), a la oración y al ayuno (Cfr. Mt 17, 21). Pensemos en esta fuerte invitación del Señor: ‘Esta especie (de demonios) no puede ser expulsada por ningún medio sino es por la oración’ (Mc 9, 29).La acción de Satanás consiste ante todo en tentar a los hombres para el mal, influyendo sobre su imaginación y sobre las facultades superiores para poder situarlos en dirección contraria a la ley de Dios. Satanás pone a prueba incluso a Jesús (Cfr. Lc 4, 3-13) en la tentativa extrema de C contrastar las exigencias de la economía de la salvación tal como Dios le ha preordenado.No se excluye que en ciertos casos el espíritu maligno llegue incluso a ejercitar su influjo no sólo sobre las cosas materiales, sino también sobre el cuerpo del hombre, por lo que se habla de ‘posesiones diabólicas’ (Cfr. Mc 5,2-9). No resulta siempre fácil discernir lo que hay de preternatural en estos casos, ni la Iglesia condesciende o secunda fácilmente la tendencia a atribuir muchos hechos e intervenciones directas al demonio; pero en línea de principio no se puede negar que, en su afán de dañar y conducir al mal, Satanás pueda llegar a esta extrema manifestación de su superioridad.
  9. Debemos finalmente añadir que las impresionantes palabras del Apóstol Juan: ‘El mundo todo está bajo el maligno’ (1 Jn 5, 19), aluden también a la presencia de Satanás en la historia de la humanidad, una presencia que se hace más fuerte a medida que el hombre y la sociedad se alejan de Dios. El influjo del espíritu maligno puede ‘ocultarse’ de forma más profunda y eficaz: pasar inadvertido corresponde a sus ‘intereses’: La habilidad de Satanás en el mundo es la de inducir a los hombres a negar su existencia en nombre del racionalismo y de cualquier otro sistema de pensamiento que busca todas las escapatorias con tal de no admitir la obra del diablo.Sin embargo, no presupone la eliminación de la libre voluntad y de la responsabilidad del hombre y menos aún la frustración de la acción salvífica de Cristo. Se trata más bien de un conflicto entre las fuerzas oscuras del mal y las de la redención. Resultan elocuentes a este propósito las palabras que Jesús dirigió a Pedro al comienzo de la pasión: . Simón, Satanás os busca para ahecharos como trigo; pero yo he rogado por ti para que no desfallezca tu fe’ (Lc 22,31).Comprendemos así por que Jesús en la plegaria que nos ha enseñado, el ‘Padrenuestro’, que es la plegaria del reino de Dios, termina casi bruscamente, a diferencia de tantas otras oraciones de su tiempo, recordándonos nuestra condición de expuestos a las insidias del Maligno.El cristiano, dirigiéndose al Padre con el espíritu de Jesús e invocando su reino, grita con la fuerza de la fe: no nos dejes caer en la tentación, líbranos del Mal, del Maligno. Haz, oh Señor, que no cedamos ante la infidelidad a la cual nos seduce aquel que ha sido infiel desde el principio.

 

Naturaleza de los ángeles (6.VIII.8)

Catequesis sobre el Credo (5.XII.84 – 7.XII.86)

Juan Pablo II

Naturaleza de los ángeles (6.VIII.8)

  1. En las últimas catequesis hemos visto cómo la Iglesia, iluminada por la luz que proviene de la Sagrada Escritura, ha profesado a lo largo de los siglos la verdad sobre la existencia de los ángeles como seres puramente espirituales, creados por Dios. Lo ha hecho desde el comienzo con el Símbolo niceno-constantinopolitano y lo ha confirmado en el Conc. Lateranense IV (1215), cuya formulación ha tomado el Conc. Vaticano I en el contexto de la doctrina sobre la creación: Dios ‘creó de la nada juntamente al principio del tiempo, ambas clases de criaturas: las espirituales y las corporales, es decir, el mundo angélico y el mundo terrestre; y después, la criatura humana que, compuesta de espíritu y cuerpo, los abraza, en cierto modo, a los dos’ (Cons. Dei Filius).O sea: Dios creó desde el principio ambas realidades: la espiritual y la corporal, el mundo terreno y el angélico. Todo lo que El creó juntamente(‘simuél’) en orden a la creación del hombre, constituido de espíritu y de materia y colocado según la narración bíblica en el cuadro de un mundo ya establecido según sus leyes y ya medido por el tiempo (‘deinde’).
  2. Juntamente con la existencia, le fe de la Iglesia reconoce ciertos rasgos distintivos de la naturaleza de los ángeles. Su realidad puramente espiritual implica ante todo su no materialidad y su inmortalidad. los ángeles no tienen ‘cuerpo’ (si bien en determinadas circunstancias se manifiestan bajo formas visibles a causa de su misión en favor de los hombres), y por tanto no están sometidos a la ley de la corruptibilidad que une todo el mundo material. Jesús mismo, refiriéndose a la condición angélica, dirá que en la vida futura los resucitados ‘(no) pueden morir y son semejantes a los ángeles’ (Lc 20, 36).
  3. En cuanto criaturas de naturaleza espiritual los ángeles están dotados de inteligencia y de libre voluntad, como el hombre pero en grado superior a él, si bien siempre finito, por el límite que es inherente a todas las criaturas. Los ángeles son también seres personales y, en cuanto tales, son también ellos, ‘imagen y semejanza’ de Dios.La sagrada Escritura se refiere a los ángeles utilizando también apelativos no sólo personales (como los nombre propios de Rafael, Gabriel, Miguel), sino también ‘colectivos’ (como las calificaciones de: Serafines, Querubines, Tronos, Potestades, Dominaciones, Principados), así como realiza una distinción entre Ángeles y Arcángeles. Aun teniendo en cuenta el lenguaje analógico y representativo del texto sacro, podemos deducir que estos seres-personas, casi agrupados en sociedad, se subdividen en órdenes y grados, correspondientes a la medida de su perfección y a las tareas que se les confía. Los autores antiguos y la misma liturgia hablan de los coros angélicos (nueve, según Dionisio el Aeropagita).La teología, especialmente la patrística y medieval, no ha rechazado estas representaciones tratando en cambio de darles una explicación doctrinal y mística, pero sin atribuirles un valor absoluto. Santo Tomás ha preferido profundizar las investigaciones sobre la condición ontológica, sobre la actividad cognoscitiva y volitiva y sobre la elevación espiritual de estas criaturas puramente espirituales, tanto por su dignidad en la escala de los seres, como porque en ellos podía profundizar mejor las capacidades y actividades propias del espíritu en grado puro, sacando de ello no poca luz para iluminar los problemas de fondo que desde siempre agitan y estimulan el pensamiento humano: el conocimiento, el amor, la libertad, la docilidad a Dios, la consecución de su reino.
  4. El tema a que hemos aludido podrá parecer ‘lejano’ o ‘menos vital’ a la mentalidad del hombre moderno. Y sin embargo la Iglesia, proponiendo con franqueza toda la verdad sobre Dios creador incluso de los ángeles, cree prestar un gran servicio al hombre.El hombre tiene la convicción de que en Cristo, Hombre-Dios, en él (y no en los ángeles) es en quien se halla el centro de la Divina Revelación. Pues bien, el encuentro religioso con el mundo de los seres puramente espirituales se convierte en preciosa revelación de su ser no sólo como cuerpo, sino también espíritu, y de su pertenencia a un proyecto de salvación verdaderamente grande y eficaz dentro de una comunidad de seres personales que para el hombre y con el hombre sirven al designio providencial de Dios.
  5. 5. Notamos que la Sagrada Escritura y la Tradición llaman propiamente ángeles a aquellos espíritus puros que en la prueba fundamental de libertad han elegido a Dios, su gloria y su reino. Ellos están unidos a Dios mediante el amor consumado que brota de la visión beatificante, cara a cara, de la Santísima Trinidad. Lo dice Jesús mismo: ‘Sus ángeles ven de continuo en el cielo la faz de mi Padre, que está en los cielos’ (Mt 18, 10). Ese ‘ver de continuo la faz del Padre’ es la manifestación más alta de la adoración de Dios.Se puede decir que constituye esa ‘liturgia celeste’, realizada en nombre de todo el universo, a la cual se asocia incesantemente la liturgia terrena de la Iglesia, especialmente en sus momentos culminantes. Baste recordar aquí el acto con el que la Iglesia, cada día y cada hora, en el mundo entero, antes de dar comienzo a la plegaria eucarística en el corazón de la Santa Misa, se apela ‘a los Ángeles y a los Arcángeles’ para cantar la gloria de Dios tres veces santo, uniéndose así a aquellos primeros adoradores de Dios, en su culto y en el amoroso conocimiento del misterio inefable de su santidad.
  6. También según la Revelación, los ángeles, que participan en la vida de la Trinidad en la luz de la gloria, están también llamados a tener su parte en la historia de la salvación de los hombres, en los momentos establecidos por el designio de la Providencia Divina. ‘No son todos ellos espíritus administradores, enviados para servicio a favor de los que han de heredar la salud?’, pregunta el autor de la Carta a los Hebreos (1, 14). Y esto cree y enseña la Iglesia, basándose en la Sagrada Escritura por la cual sabemos que la tarea de los ángeles buenos es la protección de los hombres y la solicitud por su salvación.Hallamos estas expresiones en diversos pasajes de la Sagrada Escritura, como por ejemplo en el Salmo 90, citado ya repetidas veces: ‘Pues te encomendará a sus ángeles para que te guarde en todos tus caminos, y ellos te levantarán en sus palmas para que tus pies no tropiecen en las piedras’ (90, 11-12). Jesús mismo, hablando de los niños y amonestando a no escandalizarlos, se apela a ‘sus ángeles’ (Mt 18, 10). Además, atribuye a los ángeles la función de testigos en el supremo juicio divino sobre la suerte del quien ha reconocido o renegado a Cristo: ‘A quien me confesare delante de los hombres, el Hijo del hombre le confesará delante de los ángeles de Dios. El que me negare delante de los hombres, será negado ante los ángeles de Dios’ (Lc 12, 8-9; cfr. Ap. 3,5). Estas palabras son significativas porque si los ángeles toman parte en el juicio de Dios, están interesados en la vida del hombre. Interés y participación que parecen recibir una acentuación en el discurso escatológico, en el que Jesús hace intervenir a los ángeles en la parusía, o sea, en la venida definitiva de Cristo al final de la historia (Cfr. Mt 24, 31; 25, 31. 41).
  7. Entre los libros del Nuevo Testamento, los Hechos de los Apóstoles nos hacen conocer especialmente algunos episodios que testimonian la solicitud de los ángeles por el hombre y su salvación. Así, cuando el ángel de Dios libera a los Apóstoles de la prisión (Cfr. Hech 5, 18-20), y ante todo a Pedro, que estaba amenazado de muerte por la mano de Herodes (Cfr. Hech 12, 5-10). O cuando guía la actividad de Pedro respecto al centurión Cornelio, el primer pagano convertido (Cfr. Hech 10, 3-8; 11, 12©13), y análogamente la actividad del diácono Felipe en el camino de Jerusalén a Gaza (Hech 8, 26-29).De estos pocos hechos citados a título de ejemplo, se comprende cómo en la conciencia de la Iglesia se ha podido formar la persuasión sobre el ministerio confiado a los ángeles en favor de los hombres. Por ello, la Iglesia confiesa su fe en los ángeles custodios, venerándolos en la liturgia con una fiesta especial, y recomendando el recurso a su protección con una oración frecuente, como en la invocación del ‘Ángel de Dios’. Esta oración parece atesorar las bellas palabras de San Basilio: ‘Todo fiel tiene junto a sí un ángel como tutor y pastor, para llevarlo a la vida’ (Cfr. San Basilio, Adv. Eunomium, III, 1; véase también Santo Tomás, S.Th. I, q.11, a.3).
  8. Finalmente es oportuno notar que la Iglesia honra con culto litúrgico a tres figuras de ángeles, que en la Sagrada Escritura se les llama con un nombre.El primero es Miguel Arcángel (Cfr. Dan 10, 13.20; Ap 12, 7; Jdt. 9). Su nombre expresa sintéticamente la actitud esencial de los espíritus buenos: ‘Mica-El’ significa, en efecto: ‘¿quien como Dios?’. En este nombre se halla expresada, pues, la elección salvífica gracias a la cual los ángeles ‘ven la faz del Padre’ que está en los cielos.El segundo es Gabriel: figura vinculada sobre todo al misterio de la Encarnación del Hijo de Dios (Cfr. Lc 1, 19. 26). Su nombre significa: ‘Mi poder es Dios’ o ‘Poder de Dios’, como para decir que en el culmen de la creación, la Encarnación es el signo supremo del Padre omnipotente.Finalmente el tercer arcángel se llama Rafael. “Rafa-El’ significa: ‘Dios cura’, El se ha hecho conocer por la historia de Tobías en el antiguo Testamento (Cfr. Tob 12, 50. 20, etc.), tan significativa en el hecho de confiar a los ángeles los pequeños hijos de Dios, siempre necesitados de Custodia, cuidado y protección.Reflexionando bien se ve que cada una de estas tres figuras: Mica-El, Gabri-El, Rafa-El reflejan de modo particular la verdad contenida en la pregunta planteada por el autor de la Carta a los Hebreos: ‘¿No son todos ellos espíritus administradores, enviados para servicio en favor de los que han de heredar la salvación?’ (1, 14).

La misión de los ángeles (30.VII.86)

Catequesis sobre el Credo (5.XII.84 – 7.XII.86)

Juan Pablo II

La misión de los ángeles (30.VII.86)

  1. Según la Sagrada Escritura, los ángeles, en cuanto criaturas puramente espirituales, se presentan a la reflexión de nuestra mente como una especial realización de la ‘imagen de Dios’, Espíritu perfectísimo, como Jesús recuerda a la mujer samaritana con las palabras; ‘Dios es espíritu’ (Jn 4, 24).Los ángeles son, desde este punto de vista, las criaturas más cercanas al modelo divino. El nombre que la Sagrada Escritura les atribuye indica que lo que más cuenta en la Revelación es la verdad sobre las tareas de los ángeles respecto a los hombres: ángel (angelus) quiere decir, en efecto, ‘mensajero’. El término hebreo ‘malak’ -mélk-, usado en el Antiguo Testamento, significa más propiamente ‘delegado’ o ‘embajador’.Los ángeles, criaturas espirituales, tienen función de mediación y de ministerio en las relaciones entre Dios y los hombres. Bajo este aspecto la Carta a los Hebreos dirá que a Cristo se le ha dado un ‘nombre’, y por tanto un ministerio de mediación, muy superior al de los ángeles (Cfr. Heb 1, 4).
  2. El Antiguo Testamento subraya sobre todo la especial participación de los ángeles en la celebración de la gloria que el Creador recibe como tributo de alabanza por parte del mundo creado.Los Salmos de modo especial se hacen intérpretes de esa voz cuando proclaman, p.e.: ‘Alabad al Señor en el cielo, alabad al Señor en lo alto. Alabadlo, todos sus ángeles.’ (Sal 148, 1-2).De modo semejante en el Salmo 102: ‘Bendecid a Yahvéh vosotros sus ángeles, que sois poderosos y cumplís sus órdenes, prontos a la voz de su palabra’ (Sal 102, 20). Este último versículo del Salmo 102 indica que los ángeles toman parte, a su manera, en el gobierno de Dios sobre la creación, como ‘poderosos ejecutores de sus órdenes’ según el plan establecido por la Divina Providencia.A los ángeles está confiado en particular un cuidado y solicitud especiales por los hombres, en favor de los cuales presentan a Dios sus peticiones y oraciones, como nos recuerda, p.e., el Libro de Tobías (Cfr. especialmente Tob 3, 17 y 12, 12), mientras el Salmo 90 proclama: ‘a sus ángeles ha dado órdenes. te llevarán en sus palmas, para que tu pie no tropiece en la piedra'(Cfr. Sal 90, 1-12). Siguiendo el libro de Daniel, se puede afirmar que las funciones de los ángeles como embajadores del Dios vivo se extienden no sólo a cada uno de los hombres y a aquellos que tienen funciones especiales, sino también a enteras naciones (Dan 10, 13-21).
  3. El Nuevo Testamento puso de relieve las tareas de los ángeles respecto a la misión de Cristo como Mesías y, ante todo, con relación al misterio de la encarnación del Hijo de Dios, como constatamos en la narración de la anunciación del nacimiento de Juan Bautista (Cfr. Lc 1, 11), de Cristo mismo (Cfr. Lc 1, 26), en las explicaciones y disposiciones dadas a María y José (Cfr. Lc 1, 30-37; Mt 1, 20-21), en las indicaciones dadas a los pastores la noche del nacimiento del Señor (Cfr. Lc 2, 9-15), en la protección del recién nacido ante el peligro de la persecución de Herodes (Cfr. Mt 2, 13).Más adelante los Evangelios hablan de la presencia de los ángeles durante el ayuno de Jesús en el desierto a lo largo de 40 días (Cfr. Mt 4, 11) y durante la oración en Getsemaní (Cfr. Lc 22, 43). Después de la resurrección de Cristo será también un ángel, que se aparece en forma de un joven, quien dirá a las mujeres que habían acudido al sepulcro y estaban sorprendidas por el hecho de encontrarlo vacío: ‘No os asustéis. Buscáis a Jesús Nazareno, el crucificado; ha resucitado, no está aquí. Pero id a decir a sus discípulos. ‘(Mc 16, 6-7). María Magdalena, que se ve privilegiada por una aparición personal de Jesús, ve también a dos ángeles (Jn 20, 12-17; cfr. también Lc 24, 4). Los ángeles ‘se presentan’ a los Apóstoles después de la desaparición de Cristo para decirles: ‘Hombres de Galilea, ¿qué estáis mirando al cielo?. Ese Jesús que ha sido arrebatado de entre vosotros al cielo, vendrá como le habéis visto ir al cielo’ (Hech 1, 11).Son los ángeles de la vida, de la pasión y de la gloria de Cristo. Los ángeles de Aquel que, como escribe San Pedro, ‘está a la diestra de Dios, después de haber ido al cielo, una vez sometidos a El ángeles, potestades y poderes’ (1 Pe 3, 22).
  4. Si pasamos a la nueva venida de Cristo, es decir, a la ‘parusía’, hallamos que todos los sinópticos hacen notar que ‘el Hijo del hombre. vendrá en la gloria de su Padre con los santos ángeles’ (así Mc 8, 38, Mt 16, 27 y 25, 31, en la descripción del juicio final; y Lc 9, 26; cfr. también San Pablo, 2 Tes 1, 7).Se puede, por tanto, decir que los ángeles, como espíritus puros, no sólo participan en el modo que les es propio de la santidad del mismo Dios, sino que en los momentos clave, rodean a Cristo y lo acompañan en el cumplimiento de su misión salvífica respecto a los hombres. De igual modo también toda la Tradición y el Magisterio ordinario de la Iglesia ha atribuido a lo largo de los siglos a los ángeles este carácter particular y esta función de ministerio mesiánico.