ÁNGELES PODEROSOS

ÁNGELES PODEROSOS

Los ángeles son fuertes y poderosos. Ellos tienen como una tarea importante el defendernos de los peligros y, sobre todo, de los peligros y tentaciones del alma. Por eso, cuando sintamos que somos débiles ante cualquier asechanza del maligno, acudamos a ellos. Cuando estemos en peligros de la naturaleza o de hombres o de animales, acudamos a ellos. Cuando estemos de viaje, invoquemos la ayuda de los ángeles de quienes viajan con nosotros. Cuando debamos someternos a una operación
quirúrgica, invoquemos al ángel del médico, enfermeras o personal que nos atiende. Cuando vayamos a la iglesia, igualmente, unámonos al ángel del sacerdote y de los demás fieles. Si damos una charla, pidamos ayuda a los ángeles de los oyentes. Si tenemos amigos lejanos, que pueden necesitar ayuda por estar enfermos o porque pueden estar en peligro, enviémosles nuestro ángel para que los cuide y proteja, o simplemente para que los salude y bendiga en nuestro nombre.

Los ángeles ven los peligros, aun cuando nosotros estemos ignorantes de ellos. No invocarlos será como dejarlos atados e impedir su ayuda, al menos en parte. ¡Cuántas bendiciones se pierden muchas personas, porque no creen en los ángeles y no los invocan! Los ángeles no tienen nada que temer. Los demonios huyen ante ellos. Por supuesto que nunca debemos olvidar que los ángeles cumplen órdenes de Dios. Por eso, si en alguna ocasión, nos ocurre algo desagradable, no pensemos: ¿Dónde estaba mi
ángel? ¿Estaba de vacaciones? Dios puede permitir muchas cosas desagradables por nuestro bien y debemos aceptar por adelantado la voluntad de Dios, aunque no entendamos el porqué nos suceden ciertas cosas. Al final, debemos pensar que Dios todo lo permite por nuestro bien (Rom 8. 28). Pero dice Jesús: pedid y recibiréis y muchas bendiciones recibiremos, si las pedimos con fe.

Santa Faustina Kowalska, la mensajera del Señor de la misericordia, relata cómo Dios la protegió en una ocasión. Dice así:

Me di cuenta de lo peligroso que era estar en la portería a causa de los tumultos revolucionarios y de tanto odio que la gente malvada tenía hacia los conventos. Fui a hablar con el Señor y le pedí que dispusiera las cosas de manera que ningún malintencionado pudiera acercarse a la puerta. De repente, he oído estas palabras: “Hija mía, desde el momento en que has ido a la portería, he puesto un querubín en la puerta para que la vigile, quédate tranquila”. Cuando volví del coloquio mantenido con el Señor, he visto una nubecita blanca y en ella un querubín con los brazos cruzados. Su mirada era relampagueante, y he comprendido que el fuego del Amor de Dios ardía en aquella mirada

(IV  cuaderno, día 10-9-1937).

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