Los Santos y los Angeles: SOR MARÍA ÁNGELES SORAZU

La VENERABLE SOR MARÍA ÁNGELES SORAZU (1873-1921) dice:

Desde mi infancia profesé devoción cordialísima a mi ángel custodio, a quien invocaba muchas veces todos los días y con mucha devoción… Concebí la idea de emparentarme con los ángeles, llamándome en la religión Sor María de los ángeles, como lo hice el día que me impusieron el santo hábito. Los amaba mucho y me entusiasmaba recordarlos … Los veía extáticos de amor y admiración, contemplando, ora las perfecciones de la Señora (Virgen María), ora su correspondencia a la gracia y sus relaciones divinas con Dios y su Unigénito humanado. Luego, acercándose más a mi alma, mostrábanse como modelos para que me inspirase en ellos en mis relaciones con Dios y con la Virgen, abrasados en divinos incendios, revelando en su actitud la profunda veneración y estimación infinita que sienten por Dios y su “divina” Madre. Después, como compañeros de mi destierro y coadjutores en la alta empresa de amar y glorificar a mis soberanos amores, Jesús y María, en los misterios de su vida mortal y en la sagrada Eucaristía.

Dondequiera que contemplase a Jesús y María los veía siempre rodeados de una multitud prodigiosa de ángeles… Varias veces, vi o experimenté la presencia de mi ángel custodio y de otros ángeles en mi celda, quienes se imponían a mi alma como participación de la santidad y poder de Dios, con tanta grandeza y majestad, que parecían “dioses”, pero, al mismo tiempo, humildes y afabilísimos… Era tanto el respeto y veneración que sentía por ellos que en su presencia quería permanecer postrada en tierra en actitud de “adoración” y su presencia producía en mi alma efectos maravillosos, pues sentir la presencia de un ángel y caer de rodillas, como abrasada de amor divino, era todo uno y sentía tales ansias de ser santa, muy santa y de glorificar a Dios, que no parece sino que por su medio se revelaba el mismo Dios a mi pobre alma. Anhelaba yo ser como ellos santa, angélica, “divina”, como divino es el objeto en cuya contemplación los veía como absortos y extáticos de amor.

¿Qué será Dios?, me preguntaba muchas veces, cuando se revelaba a mi alma algún ángel, en vista de los efectos que su presencia me producía; y me persuadía que, si dichos ángeles se dejasen ver de los infieles y pecadores que viven en el mundo, todos se sentirían abrasados en amor de Dios y la tierra se transformaría en cielo [1].

En mis relaciones con Jesús y María, tenía siempre presente a los santos ángeles y, en unión suya, practicaba todos los actos de virtud y religión… Cuando salía del coro, dejaba mi corazón en el sagrario a los pies de Jesús, a quien suplicaba retuviese mi espíritu a su lado. Así lo hacía el Señor; pues, dondequiera que estaba, sentía la influencia de mi Dios sacramentado y me comunicaba con Él a través de las paredes que nos separaban. Había una corriente invisible y misteriosa del sagrario a mi alma en cuya virtud me comunicaba con Jesús y María y con los santos ángeles que dejaba en el templo.

Cada diez o quince minutos enviaba recados con mi ángel custodio, a quien suplicaba que fuese al sagrario a visitar en su nombre y el mío a mis soberanos amores (Jesús y María), y me trajesen nuevas de ellos y de nuestros hermanos los ángeles. Que les dijese de mi parte que suspiraba por ir a su lado y que, entre tanto, todos me diesen la bendición etc… Amaba mucho a todos los ángeles; pero con predilección a los que sirven a Jesús y lo acompañan en la sagrada Eucaristía, a quien parecía me unían lazos íntimos.

Cuando estaba en el coro, me figuraba ver a mi ángel custodio confundido en los del sagrario. Al salir del coro, me despedía de todos menos de ángel tutelar, que me figuraba que venía conmigo para acompañarme y ayudarme a cumplir mis deberes. Lo sentía a mi lado y dentro de mí, muy contento y afable, y hacía tanto aprecio de su misterio que me maravillaba. Entendía que me decía que Jesús le había
encomendado y recomendado mi alma con especial y sumo interés y, por esto y porque veía al diablo interesado en mi perdición, desplegaba su solicitud en mi asistencia y me vigilaba y cuidaba con esmero. Este conocimiento y evidencia del amor y solicitud de mi ángel me entusiasmaba y acrecentaba el amor que por él sentía y, como enamorada de mi santo ángel, exclamaba: ¡Qué santo, santísimo es mi ángel!, ¡qué hermoso, qué bello, qué excelente, qué amable y bueno!… No cesaré de repetir que mi ángel es
excepcional, es uno de los ángeles más santos, más afables y caritativos de las tropas angélicas y, que me perdonen sus hermanos y míos, los ángeles del cielo, si se dan por agraviados del afecto singular que le profeso y del lugar de preferencia que ocupa en mi estimación.

Después de cumplidos mis deberes, para los cuales había salido del sagrario, cuando volvía a él, parecíame que los ángeles, que hacen la corte a Jesús en nuestro sagrario, radiantes de júbilo, venían a mi encuentro y tomando mi alma, la introducían en el sagrario con inefable caricia y contento de verme nuevamente en su compañía. Y allí, en el fondo del sagrario, postrada a los pies de Jesús, lo adoraba y poniendo por testigo a mi ángel custodio, a los ángeles del sagrario y a María Inmaculada, mi excelsa Madre, le daba cuenta a Jesús de todo lo que había ejecutado y omitido fuera del coro, agradeciendo los favores y socorros divinos, que me había prodigado el mismo Señor… Comulgaba espiritualmente y permanecía en el templo, mejor dicho, en el centro del sagrario, donde yacía mi alma postrada a los pies de Jesús, ocupada en amarle y procurarle toda la gloria y complacencias posibles, en unión de María, de mi ángel custodio y de los ángeles del sagrario [2] .

Varias veces vi a Jesús glorioso en el cielo en íntimas comunicaciones con los santos ángeles, como en medio de ellos, tratándolos con infinito amor y ternura, como a hijos, y me requirió para formar parte de su naturaleza angélica y participar del amor y ternura que les prodiga [3] .

 

[1] Ángeles Sorazu, Autobiografía espiritual, Ed. Fundación universitaria española, concepcionistas
franciscanas, Madrid, 1990, pp. 266-268.

[2] pp. 274-279.

[3] p. 322.

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