MÁS ÁNGELES EN ACCIÓN

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Así pues, los ángeles nos pueden hacer infinidad de servicios y de hecho nos hacen muchos más de los que imaginamos, aunque no los veamos ni seamos conscientes de ello. A algunos santos, como a santa Gema Galgani, cuando estaba enferma, su ángel  le daba una taza de chocolate o algo que la mejorara, le ayudaba a vestirse y hasta le echaba las cartas al correo. A ella le gustaba jugar con su ángel a ver quién decía con más amor el nombre de Jesús y ella ganaba casi siempre. Algunas veces, los ángeles pueden actuar, inspirando a personas buenas a hacer ciertos trabajos que les han encomendado.

El padre José Julio Martínez relata dos sucesos históricos que le contó una señorita de la Institución Teresiana, profesora de un colegio de Castilla (España), protagonista del primero y muy conocedora del segundo:

Necesitaba viajar de Burgos a Madrid, llevando maleta y dos paquetes de libros bastante pesados. Como era época en que los trenes circulaban llenos de viajeros, tuvo cierto miedo de viajar con aquel equipaje tan pesado y quizás sin encontrar un sitio vacío. Entonces, le rogó a su ángel custodio: Vete a la estación, pues voy con el tiempo escaso, y ayúdame a encontrar un asiento vacío.

Cuando entró en el andén, ya estaba el tren preparado y lleno de viajeros. Pero desde una ventanilla, salió hacia ella una voz amable que le decía: Señorita, va usted muy cargada. Ahora bajo a ayudarle a subir sus cosas.

Era un señor algo anciano, de mirada transparente y bondadosa, que se acercó a ella sonriente, como si la hubiera conocido de tiempos antiguos y la ayudó a subir los paquetes y después le dijo que había un asiento para ella. Él le dijo:

– Yo no voy en este tren. Yo me encontraba paseando por el andén y se me ocurrió que acaso llegaría alguna persona tarde sin encontrar sitio para sentarse.

Entonces, tuve la buena idea de subir al tren y ocupar un asiento. Así que este asiento es para Ud. Adiós, señorita, y buen viaje.

Y aquel ancianito, con su bondadosa sonrisa y mirada dulce, se despidió de la teresiana y se perdió entre la gente. Ella sólo pudo decir: Gracias, ángel de mi guarda.

Otra compañera mía era profesora en un colegio de Palma de Mallorca y recibió la visita de su padre. Al tomar de regreso el barco para la península, se sintió algo enfermo. La hija lo encomendó a su ángel y al ángel de la guarda de su padre para que lo cuidaran durante el viaje. Por eso, se sintió muy feliz, cuando a los pocos días, recibió carta de su padre que le decía:

Hija, cuando me acomodé en mi puesto en el barco, me sentía peor. Un sudor frío cubría mi frente y tenía miedo de estar enfermo dentro del barco. En esto se me acercó uno de los pasajeros, de aspecto distinguido y amistoso, y me dijo:

– Me parece que Ud. está un poco enfermo. No se preocupe, yo soy médico. A ver el pulso…

Me atendió magníficamente y hasta me puso una inyección reconfortante.

Cuando llegamos al puerto de Barcelona, me dijo que él no podía tomar el mismo tren, pero me mostró a un amigo suyo que venía precisamente en ese tren y le pidió que me acompañara. Este amigo era tan noble y generoso como el médico, y no me dejó hasta entrar en casa. Te escribo esto para que estés tranquila y veas cuántas personas buenas nos pone Dios en el camino de la vida [1].

En resumen, los ángeles están para servirnos, cuidarnos y ayudarnos en nuestro caminar por la vida. Encomendémonos a ellos y todo será más fácil y rápido con su ayuda.

[1] Martínez José Julio, Éstos dan con alegría, Ed. Edapor, Madrid, 1983, pp. 79-80.

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