02 El yelmo de la esperanza

Una meditación sobre catequesis del Papa Francisco sobre la Esperanza[1]

Hoy meditaba el contenido de la audiencia General del Papa Francisco del 1 de febrero del 2017 donde nos ayuda a reflexionar sobre la primera carta de San Pablo a los Tesalonicenses. En ella define la esperanza de la salvación con el yelmo de nuestra coraza espiritual[2].

Soy motero y se de la importancia del casco para conducir mi vehículo. Hay también otros muchas profesiones, deportes o actividades que requieren llevar casco (yelmo). En estos días de coronavirus estamos oyendo constantemente de los equipos de protección individual, los famosos EPIS, y de su importancia, que si mascarillas, guantes, gafas. San Pablo compara este EPI de protección, el casco, con la esperanza en la salvación. En la comunidad de Tesalónica, siguiendo al Papa, nos cuenta, … era una comunidad joven, fundada desde hacía poco; sin embargo no faltaban los problemas y las pruebas. Su fe estaba enraizada y celebraban con entusiasmo la resurrección del Señor Jesús, hecho que había ocurrido apenas hacía unos años. En esta comunidad la dificultad no era tanto la resurrección de Cristo, sino la resurrección de los muertos.

En la actualidad se habla mucho de la muerte, la tenemos presente todos lo telediarios hablando del número de muertos diarios que hay en cada Comunidad autónoma, en España y en el resto del mundo por el coronavirus. La preocupación no viene tanto en la certeza del número sino en la cercanía de la muerte, un ser querido, un familiar cercano, los padres de un sacerdote de nuestra parroquia.

En estas ocasiones de cercanía de la muerte sentimos nuestra fe probada, surgen todas nuestras dudas, toda nuestra fragilidad y nos preguntamos: ¿pero realmente habrá vida después de la muerte…?¿Podré todavía ver y abrazar a las personas que he amado…?”. Esta pregunta se la hizo una señora al Papa unos días antes en una audiencia, manifestado una duda: “¿Me encontraré con los míos?”. También nosotros, en el contexto actual, necesitamos volver a la raíz y a los fundamentos de nuestra fe, para tomar conciencia de lo que Dios ha obrado por nosotros en Jesucristo y qué significa nuestra muerte. Todos tenemos un poco de miedo por esta  incertidumbre de la muerte. Continúa el Papa: Me viene a la memoria un viejecito, un anciano, bueno, que decía: “Yo no tengo miedo de la muerte. Tengo un poco de miedo de verla venir”. Tenía miedo de esto, nos cuenta.

Por eso San Pablo dice que convirtamos la esperanza en la salvación en casco para proteger nuestra cabeza. No podemos dudar. Los sembradores de esperanza debemos llevar este casco puesto y ayudar a otros a que se los pongan. Cristo resucitó primero abriendo la puerta para todos nosotros, porque ya que la muerte entró por un hombre, también por un hombre vino la resurrección de los muertos.[3]

Esta es la esperanza cristiana. Cuando se habla de esperanza, podemos ser llevados a entenderla según la acepción común del término, es decir en referencia a algo bonito que deseamos, pero que puede realizarse o no. Esperamos que suceda. Es como un deseo. Se dice por ejemplo: “¡Espero que mañana haga buen tiempo!”, pero sabemos que al día siguiente sin embargo puede hacer malo… La esperanza cristiana no es así. La esperanza cristiana es la espera de algo que ya se ha cumplido; está la puerta allí, y yo espero llegar a la puerta. ¿Qué tengo que hacer? ¡Caminar hacia la puerta! Estoy seguro de que llegaré a la puerta. Así es la esperanza cristiana: tener la certeza de que yo estoy en camino hacia algo que es, no que yo quiero que sea.

Esta es la esperanza cristiana. La esperanza cristiana es la espera de algo que ya ha sido cumplido y que realmente se realizará para cada uno de nosotros. También nuestra resurrección y la de los seres queridos difuntos, por tanto, no es algo que podrá suceder o no, sino que es una realidad cierta, en cuanto está enraizada en el evento de la resurrección de Cristo. Esperar por tanto significa aprender a vivir en la espera. Cuando una mujer se da cuenta que está embaraza, cada día aprende a vivir en espera de ver la mirada de ese niño que vendrá. Así también nosotros tenemos que vivir y aprender de estas esperas humanas y vivir la espera de mirar al Señor, de encontrar al Señor. Esto no es fácil, pero se aprende: vivir en la espera. Esperar significa y requiere un corazón humilde, un corazón pobre. Solo un pobre sabe esperar. Quien está ya lleno de sí y de sus bienes, no sabe poner la propia confianza en nadie más que en sí mismo.

Sembradores de esperanza poneros el casco de la esperanza en la salvación anunciada por nuestro Señor Jesucristo y conquistada con su muerte y resurrección; y enseñar a otros a ponerse el yelmo de la esperanza, para no tener ya más dudas.

El seguro del casco para que nunca se caiga es la Eucaristía. allí se alcanza la unión de los corazones, el nuestro con el de Jesús resucitado que palpita de amor por nosotros. Allí se alcanza la certeza que manteniendo esa unión íntima con Dios, permaneceremos siempre unidos en comunión cada vez más perfecta con toda la Iglesia y con Cristo su cabeza.

Jose Gardener
Sembradores de esperanza

 

[1] Audiencia general 1-02-2017

[2] 1 Tesalonicenses 5, 8

[3] 1 Corintios 15, 21

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