LA VISIÓN DEL ANTICRISTO EN VLADIMIR SOLOVIEV

Por FERNANDO CASTELLI

Visto en HUMANITAS Nro.33

Vladimir Sergeevich Soloviev moría el 31 de Julio de 1900, en Uzkoe, cerca de Moscú, a los 47 años, en la plenitud de su fervor intelectual y religioso. Todos aquellos que lo conocieron se fascinaron con él. Las Lecciones sobre la Divino humanidad, que impartiera en San Petersburgo, suscitaron enorme entusiasmo. Acudieron a escucharlo hasta Dostoievski y Tolstoi. El autor de Los hermanos Karamazov, gran amigo y admirador de Soloviev, confió a su esposa que el rostro del joven conferencista le recordaba uno de sus cuadros preferidos, la Cabeza de Cristo joven, de Annibale Carracci. ¿Cómo era ese rostro? V. Velichko lo describe así: “En la memoria de todos aquellos que vieron por lo menos una vez a Vladimir Soloviev, su aspecto exterior quedaba impreso para siempre como una visión radiante. Estupendos ojos enigmáticos (…), frente alta claramente marcada por pensamientos y preocupaciones, cejas gruesas y enérgicas, cabellos sueltos, muy canosos y de grandes ondas, un rostro pálido y opaco; una barba larga suave de color castaño oscuro, que cubría las líneas severas de la boca y el mentón”[1]

Si su rostro hacía pensar en el de Cristo, su mente recordaba la de Orígenes. De hecho, fue definido como el “Orígenes de los tiempos modernos”, y Bernard Dupuy explica el motivo: “Como Orígenes, Soloviev se encontró en oposición con el espíritu de su época y debió enfrentar en ella los más profundos problemas metafísicos. Como Orígenes, dejó escritos intuitivos, inspirados, ensayos más que tratados teológicos, y a menudo más bien visiones que discursos. Como Orígenes, hizo frente a incomprensiones y contradicciones. Como él, se fascinó con la idea del bien, de lo verdadero y lo bello, y debió esmerarse por demostrar la trascendencia de la revelación bíblica. Sus intuiciones son con frecuencia brillantes. Tuvo sus ojos dirigidos hacia el tiempo que viene, hacia el porvenir, hacia las realidades eternas”[2].
Dupuy destaca también la fuerza profética de su pensamiento: “Escribió una obra profunda y diversificada, que enfrenta los grandes problemas de los Padres de la Iglesia, y su pensamiento, sumamente marcado por la historia y la escatología, se formó y mantuvo en contacto –como el de Orígenes– con el pensamiento hebraico. Releído en esta perspectiva, en un contexto abierto y no estrictamente confesional, conserva hasta ahora su fuerza de ruptura y plantea problemas apenas entrevistos en sus tiempos”[3].

Quienes han profundizado en su obra no vacilan en considerarlo uno de los pensadores más representativos del siglo XIX. H. U. von Balthasar cita, suscribiéndolo, el juicio de E. Keuchel: la obra de Soloviev es “la creación especulativa más universal de la era moderna”; no sólo “una obra de arte de grandiosa entrega”, sino también “la justificación más profunda y la filosofía más vasta del cristianismo total de los nuevos tiempos”. Von Balthasar afirma además que “el arte y la técnica solovieviana de la integración de toda verdad parcial lo hace tal vez aparecer, junto a Tomás de Aquino, como el artífice más grande del orden y la organización en la historia del pensamiento”[4]. Olivier Clément sostiene que “con Soloviev la tradición espiritual rusa elabora por primera vez una concepción del mundo en la cual se integran el racionalismo de Occidente y la contemplación de Oriente en una síntesis de la ciencia, la filosofía y la religión”[5].

Después de describir a grandes rasgos su vida y sintetizar algunos aspectos fundamentales de su pensamiento, analizaremos su última obra, el Breve relato sobre el Anticristo, considerada su testamento.

Una vida consumada en la especulación

Vladimir S. Soloviev nace en Moscú hace 150 años, el 16 de enero de 1853, siendo el cuarto de doce hijos. Su padre, docente universitario, es un eminente historiador, autor de una monumental Historia de Rusia; su madre, de origen polaco-ucraniano, es una mujer bondadosa, con profundos sentimientos religiosos. Durante los años de juventud, Vladimir, lector encarnizado de ingenio precoz, experimenta una violenta crisis de fe. “No lograba comprender –confiesa– como podían existir personas inteligentes que a pesar de serlo conservasen la fe en Cristo. Me explicaba este hecho extraño suponiendo que era hipocresía o bien una especie de locura propia de los intelectuales”[6]. Supera la crisis “gracias al estudio de Spinoza (que con su visión panteísta del mundo influyó en la futura teoría de la unitotalidad espiritual del cosmos) y del idealismo de Schelling (que admite también los datos religiosos)”[7]. A los 16 años, se matricula en la Facultad histórico-filológica de la Universidad de Moscú y frecuenta simultáneamente la Facultad de Física y Matemáticas.
Una vez graduado en Letras, se matricula en la Academia Teológica, donde completa la disertación para la libre docencia sobre La crisis de la filosofía occidental (1874). En ésta propone «una síntesis de los conocimientos: científico, formal (lógico y filosófico) y teológico o de lo Absoluto. Sólo este último está en condiciones de revelar la razón última de la especulación filosófica y el significado de las ciencias positivas. Para poder alcanzar esta síntesis universal, además de la “perfección lógica” del pensamiento occidental y los datos científicos, es preciso considerar las “grandes contemplaciones llenas de contenidos espirituales propias del Oriente antiguo, y en particular del cristianismo”»[8].

En los años 1874-81 se dedica tanto a las clases universitarias en Moscú y San Petersburgo como al estudio de los Padres de la Iglesia y Platón, así como a numerosos viajes (Polonia, Inglaterra, Francia, Italia, Alemania, Egipto). Cuando en 1881 es asesinado el zar Alejandro II, condena el delito en un discurso público, pero invoca la clemencia para los asesinos en nombre de la moral cristiana, contraria a la pena de muerte. “Debemos salir del círculo de sangre, y el gobierno debería ofrecer a todos el ejemplo de la misericordia”. Por asumir semejante posición, se le prohíbe hablar en público y lo obligan a renunciar a sus cargos universitarios.

Libre de compromisos académicos y abandonando la perspectiva del matrimonio (será imposible para él casarse con Sofía Chitrovo, la única mujer que amó), se entrega a la reflexión sistemática, a las traducciones (Platón del griego, los Salmos del hebreo, Petrarca del italiano), a las conferencias y a la publicación de sus obras de filosofía, teología, literatura e historia. Muere en el año 1900, consumido por exceso de trabajo.

En una carta escrita hacia 1873, define así el objetivo de su vida: “Expresar el cristianismo en una nueva forma”, apartando aquello que “hasta ahora le ha impedido entrar en la conciencia general”>[9]. El impulso de ese objetivo es la convicción de que fe y razón no son realidades antitéticas, sino complementarias[10]: la razón permite profundizar en la fe, y ésta hace comprender a aquélla que las exigencias más profundas de la filosofía son satisfechas por el cristianismo. Filosofía y teología no se confunden; se encuentran y se fortifican recíprocamente. Convencido de la importancia de esta verdad, Soloviev habla de la Trinidad, la Encarnación, la creación y el mal, revistiendo a estas verdades de un lenguaje comprensible y valiéndose del aporte de la filosofía clásica y moderna, bajo la estela de los Padres de la Iglesia.
Moviéndose bajo esa estela, afirma el carácter integral del conocimiento, para lo cual la comprensibilidad de un hecho debe buscarse en sus relaciones con el todo, puesto que la naturaleza constituye una unidad orgánica. Ésta no es tarea de la ciencia, sino de la filosofía y la poesía. Del carácter integral del conocimiento se pasa a la unitotalidad del ser. Todo cuanto existe constituye una unidad; es inteligible si está comprendido en el todo; separado de la armonía de los seres y cerrado en sí mismo, pierde significado. Dios es la unitotalidad. Él “confiere realidad al “todo” que posee en sí, a la multiplicidad infinita, que reducida a la unidad es un organismo viviente, universal e individual, el Cristo”[11].

La cristología de Soloviev tiene algunos puntos fundamentales. El primero de todos es el carácter central de la persona de Cristo. El tema cristológico es tratado sobre todo en las Lecciones sobre la Divinohumanidad. En la Séptima se lee: “El cristianismo tiene su propio contenido independiente de todos estos elementos que entran a formar parte del mismo (la ascética, la existencia de un mundo ideal, el monoteísmo, la Trinidad), y este contenido específico del mismo es única y exclusivamente Cristo. En el cristianismo como tal, encontramos a Cristo y solamente Cristo. He aquí una verdad muchas veces expresada, pero muy poco asimilada”. Y criticando a aquellos protestantes que afirman que la esencia del cristianismo no es la persona de Cristo, sino su enseñanza, precisa: “Si examinamos todo el contenido teórico y moral de la doctrina de Cristo en el Evangelio, vemos que lo único nuevo, específicamente distinto de todas las demás religiones, es la enseñanza de Cristo sobre sí mismo, su declaración de ser la verdad viva encarnada: “Yo soy el camino, la verdad y la vida; quien cree en mí tendrá la vida eterna”. Por eso, si buscamos el contenido característico del cristianismo en la enseñanza de Cristo, debemos reconocer que este contenido se reduce también aquí al Cristo mismo”[12].

En el organismo divino de Cristo deben distinguirse dos principios: uno activo y unitivo, que es el Verbo o Logos, y otro pasivo, es decir, la unidad producida, que Soloviev llama Sofía. “La Sofía es el cuerpo divino, la materia de la Divinidad impregnada por el principio de la unidad divina. Cristo, que realiza, es decir, lleva en sí esta unidad, es el Logosy la Sofía en cuanto organismo integral divino, a la vez universal e individual”. Precisa luego que “hablar de la Sofía como elemento esencial de la divinidad no significa desde el punto de vista cristiano introducir nuevos dioses”, y recuerda que “la idea de la Sofía ha existido siempre en el cristianismo, si bien es anterior al cristianismo”[13].
Las doce Lecciones sobre la Divinohumanidad son una profundización del misterio cristiano a la luz de la doctrina de la Sofía (la sofiología). Es importante advertir que mediante tal doctrina “Soloviev fue el iniciador de una cristología cósmica “que apunta a explicar la esencia de la creación y revelar su unidad”, en la cual P. Evdokimov identificó la mayor “gloria de la teología ortodoxa actual”. Que este optimismo se justifique es enteramente otra cuestión, tanto más cuanto que muchos teólogos ortodoxos ven sospechosamente la sofiología (…). Con todo, no se puede negar que la visión cósmica de la teandria, capaz de transfigurar en Cristo todo lo creado, introdujo un desarrollo del todo inédito en el pensamiento cristológico ortodoxo”[14]. También en los últimos capítulos de Los Hermanos Karamazov, de Dostoievski, se advierte el eco de las lecciones de Soloviev.

En el volumen Los fundamentos espirituales de la vida, en páginas densas y apasionadas, retoma los temas cristológicos y llega a la eclesiología. En el prefacio, sintetiza su pensamiento: tal como Dios adquiere carácter real para nosotros en Cristo, así Cristo se revela y adquiere carácter real para nosotros en la Iglesia. Fuera de ésta se corre riesgo de ir tras los fantasmas de nuestra imaginación. “Ya no debemos buscar la plenitud de Cristo en nuestro ambiente personal, sino en la esfera que le es propia y es universal, es decir, en la Iglesia”[15]. La Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo, divino-humana al mismo tiempo. Por consiguiente necesita un vicario de Cristo en la Tierra, es decir, el Papa. A semejante conclusión llega él en la obra Rusia y la Iglesia universal. En ésta se lee la famosa profesión de fe en la cual se encuentra “la quintaesencia de las convicciones de Soloviev”: «Como miembro de la verdadera y venerable Iglesia ortodoxa oriental o greco-rusa, que no habla mediante un sínodo anticanónico ni mediante empleados del poder secular, sino con la voz de sus grandes Padres y Doctores, yo reconozco como juez supremo, en materia religiosa, a aquel que fue reconocido por San Ireneo, San Dionisio el Grande, San Atanasio el Grande, San Juan Crisóstomo, San Cirilo, San Flaviano, el Beato Teodoro el Estudita, San Ignacio, etc., o sea, el apóstol Pedro que vive en sus sucesores y no escuchó en vano las palabras del Señor: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré yo mi Iglesia. Confirma a tus hermanos. Apacienta mis ovejas, apacienta mis corderos”»[16]. El gran sueño de Soloviev es por tanto una Iglesia unida en Cristo, bajo el primado de Pedro.

Breve relato del Anticristo

El Breve relato del Anticristo cierra los Tres diálogos, escritos por Soloviev en sus últimos meses de vida. Inspirándose en los diálogos de Platón, pone en escena a algunos exponentes de la cultura rusa de fines del siglo XIX, que dialogan sobre la guerra, la moral y la religión. Al final del tercer diálogo pasa al problema de la realidad y naturaleza del Anticristo, que el Señor Z. (portavoz del autor) define como “encarnación del mal, encarnación individual, única en su ejecución y en su plenitud”. Al solicitarse explicar tales afirmaciones, él dice estar encantado de dar lectura a un manuscrito de un compañero de estudios llamado Pansofio, que se hizo monje y murió hace poco tiempo, titulado Breve relato del Anticristo. “Si bien tiene la forma y la fisonomía de un cuadro histórico imaginario y de anticipación, en mi opinión esta composición ofrece todo cuanto la Sagrada Escritura, la tradición de la Iglesia y la sana razón permiten enunciar, en la forma más veraz posible, sobre este argumento”[17].

Un superhombre es consagrado Anticristo. Al comienzo del siglo XX, el “peligro amarillo” se convierte en realidad: Europa es invadida por los ejércitos de Japón y China en una tentativa por instaurar el panmongolismo. La dominación de los “bárbaros asiáticos” dura toda la mitad del siglo, hasta el final de la cual por tanto no se lleva a cabo la unión de los estados europeos. En el siglo XXI esa unión trae seguridad y prosperidad; la ciencia y la técnica llegan a altos niveles y resuelven muchos problemas. Únicamente permanecen sin resolverse las cuestiones últimas: la vida, la muerte, el destino final del hombre y el mundo. Junto con el materialismo teórico, entra en crisis también la fe del pueblo, como la creación a partir de la nada. “Y si la inmensa mayoría de los hombres que piensan siguen siendo totalmente incrédulos, por otra parte algunos creyentes llegan a ser hombres que piensan, cumpliendo las palabras del Apóstol: “Sed niños en el corazón, no en la mente”[18]>.

En este trasfondo aparece el Anticristo. Es un joven de treinta y tres años. “El desmesurado amor propio de este gran espiritualista, asceta y filántropo parecía o al menos podía estar suficientemente justificado, además de esta excepcional genialidad, belleza y nobleza, por su elevado desinterés. Estaba de tal manera dotado de dones divinos que difícilmente podía criticarse por no ver en esos dones una señal especial de la benevolencia proveniente de lo alto y por considerarse segundo después de Dios, el único hijo de Dios, único en su género. En suma, él se consideraba a sí mismo lo que en realidad Cristo había sido” (p. 42). ¿Cristo? “El más grande de sus precursores”, enviado para preparar su venida, por cuanto el esperado en la historia era él, enviado por Dios a completar y corregir la obra de Cristo.

Para iniciar su misión, espera una señal desde lo alto. Con todo, un día un estremecimiento lo penetra hasta la médula de los huesos: “Y si… Si no yo, sino aquel… galileo… ¿Si él no fuese mi antecesor, sino el verdadero, el primero y el último? Pero entonces debe estar vivo…”. Sólo la idea de tener que inclinarse ante “Él” como un estúpido cristiano lo hace aullar: “Yo, el genio brillante, el superhombre. ¡No, jamás!” (p. 44). La “tentación” lo induce a transformar el “frío respeto” a Dios y a Cristo en primer lugar en una especie de terror, luego en una incandescente y sofocante envidia, y por último en un odio furibundo que lo deja sin respiración. Diciendo a gritos que Cristo es un fantasma, que se descompuso en la tumba y que la resurrección es una mentira, en una noche oscura sale de su casa, se encuentra al borde de un precipicio y se arroja. Una realidad misteriosa lo sostiene en el aire y lo lanza nuevamente hacia atrás: pierde el conocimiento. Cuando vuelve en sí, se encuentra arrodillado ante una figura espléndida de luz fosforescente que lo escudriña en el alma y le dice: “Tú eres mi hijo predilecto en quien tanto me complazco (…) Yo soy tu Dios y tu padre (…). No tengo otro hijo fuera de ti. Te amo y nada pido de ti. Tú eres bello, poderoso y grande. Cumple tu obra en nombre tuyo y no en el mío (…). Recibe mi espíritu. Como antes mi espíritu te generó en belleza, así ahora te doy nacimiento en poder” (p. 45). Después de estas palabras, el superhombre “sintió entrar en él y penetrar en todo su ser una extraña y fría corriente. Y al mismo tiempo se percató de una fuerza inaudita, valor, agilidad y entusiasmo”. Y además es inspirado para escribir un libro extraordinario: La vida abierta a la paz y al bienestar universal, es decir, el evangelio del Anticristo.

El Anticristo en la obra. El entusiasmo provocado por el libro es inmenso. En éste, el autor enfrenta y resuelve todos los problemas, elimina todas las contradicciones, satisface todas las aspiraciones. Es evidente por tanto que sea considerado el Mesías y elegido en primer lugar presidente vitalicio de la Unión de Estados Europeos y luego emperador romano. Algunos estados lo proclaman su dios. Por el hecho de resultar también muy agradable, se deduce que en él se cumplen las palabras de Cristo: “Yo he venido en nombre de mi Padre y vosotros no me recibís; si otro viniera usurpando mi nombre, le recibiríais”. De hecho, para ser recibido basta ser encantador” (p. 47)[19].

Al cabo de un año logra fundar una monarquía universal y realizar la paz, la justicia social, la propagación del bienestar, la filantropía, el amor a los animales. Llega de Oriente a su corte romana el mago Apolonio y se pone a su servicio. Únicamente el problema religioso permanece sin resolver. Los cristianos, numéricamente reducidos, se mantienen divididos y hostiles. Para restablecer entre ellos la unión y la paz, en el cuarto año de reinado, el emperador dispone la celebración de un Concilio ecuménico en Jerusalén, lugar donde ha trasladado su residencia. Lo presidiría él mismo y disiparía ciertos comentarios sobre el príncipe de este mundo y el Anticristo.

La inauguración del Concilio es imponente: tres mil participantes, varias orquestas, dos regimientos en la plaza. La delegación católica es conducida por el Papa Pedro II (que de Roma se trasladó a San Petersburgo), la ortodoxa por el starez Juan y la evangélica por el profesor Ernst Pauli. La ceremonia tiene carácter laico por cuanto el Concilio está abierto a todos los cultos. El emperador, con los brazos abiertos como para recibir a todos, pronuncia un discurso paternal y generoso. “Cristianos –termina con acento afligido– decidme qué es lo más querido para vosotros del cristianismo para así poder dirigir a eso mis esfuerzos” (p. 57). En el aula resuena un murmullo sordo: desconcierto y preocupación. El emperador toma nuevamente la palabra. Interpretando cuáles pueden ser las cosas más queridas por los católicos, promete la reintegración del Papa a su trono de Roma, con todos los derechos y prerrogativas conferidos por Constantino; anuncia a los ortodoxos la donación de fondos para un museo universal de arqueología cristiana en Constantinopla, “para reunir, estudiar y conservar todos los monumentos de la antigüedad, sobre todo oriental”; hace presente a los protestantes la creación de un Instituto bíblico mundial para la libre investigación de la Sagrada Escritura. A cambio, pide ser reconocido su “único intercesor y protector”.

Cuando invita a la asamblea a aceptar su proposición y ubicarse junto a él, un gran número de personas acepta la invitación. Sólo un pequeño grupo se queda junto al Papa, al starez y al profesor, habiendo permanecido los tres inmóviles en su lugar. “¿Qué es lo más precioso para vosotros del cristianismo?”, repite el emperador. Ha prometido la autoridad perdida, la custodia de las tradiciones, la posibilidad de incrementar los estudios bíblicos. ¿Hay algo más precioso? “¡Gran emperador! Para nosotros, lo más precioso del cristianismo es Cristo mismo”, responde el starez, y le propone confesar la divinidad de Cristo. El interpelado se estremece; quisiera lanzarse sobre él y hacerlo pedazos, pero “una voz bien notoria” lo invita a la calma, mientras una nube negra se condensa en el aula. “¡Hijos! ¡Es el Anticristo!”, grita aterrorizado el starez y cae fulminado al suelo. “Habéis visto el juicio de Dios”, sentencia el emperador, y ordena a los secretarios escribir: “El Concilio ecuménico de todos los cristianos ha visto al fuego del cielo despojar al insano oponente de la divina majestad; por unanimidad reconoció al gran emperador de Roma y el mundo como su jefe y guía supremo” (p. 62). Una voz poderosa resuena en el aula: Contradictur – Me opongo. El Papa Pedro II levanta el cayado hacia el emperador diciendo: “Nuestro único señor es Jesucristo, el Hijo de Dios vivo”. Y le ordena salir de la grey de los cristianos: “Te entrego a tu padre, Satanás. Anatema”. El estallido de un trueno lo echa por tierra y muere. El profesor Pauli confirma las declaraciones de los dos “mártires” y con un pequeño número de cristianos todavía fieles se retira a las colinas desiertas de Jericó, en espera de la venida de Cristo.

Todo parece haber terminado. Después del banquete en la corte, los miembros del Concilio, por sugerencia y bajo la protección del emperador, eligen papa al mago Apolonio, artífice de los portentos que han causado la muerte de Pedro II y el starez. Mientras el recién elegido sigue haciendo prodigios y entusiasmando a la multitud, el profesor Pauli, con nueve compañeros, llega a escondidas a Jerusalén, recupera los cuerpos de los dos mártires, que permanecen incorruptos, y regresa a las colinas. “Tan pronto como depositaron las literas en el terreno, el espíritu de la vida volvió a los muertos”. El starez invita a todos a la unidad: “Por amor a esta unidad, honremos a nuestro amado hermano Pedro y hagamos efectivamente que finalmente pueda ser el pastor de la grey de Cristo”. Y lo abraza. A su vez, el profesor Pauli se acerca a ellos y dice: Tu es Petrus. Jetzt iost es ja gründlich erwiesen und ausser jedem Zweiferl gesetzt (Ahora está probado con seguridad y no hay duda alguna). Y estrecha calurosamente con la mano derecha la de Pedro y da la izquierda a Juan, diciendo: Väterchen, nun sind wir ja Eins in Christo (Así ahora, oh, Padres, nosotros somos verdaderamente uno en Cristo) “Y fue así que tuvo lugar la unión de las Iglesias, en una noche oscura y en un lugar solitario” (p. 68).
El relato de Pansofio termina en este punto. El Señor Z. lo completa, recordando todo cuanto el autor le había dicho verbalmente. El emperador y el antipapa gobiernan en la tierra y ultratumba en medio de orgías místicas y demoníacas, mientras los cristianos todavía fieles se han refugiado, con sus tres jefes, en el desierto de Arabia. Durante un primer tiempo los judíos reconocen al emperador como Mesías, lo apoyan y lo veneran; pero cuando llegan a enterarse de que además de no ser un perfecto judío, ni siquiera está circuncidado, se rebelan. Es la guerra. Antes de producirse el choque frontal (los judíos deberían sufrir la peor parte), ocurre un violento terremoto, la tierra se abre y forma un lago de fuego en el cual perecen el antipapa, el emperador y su ejército. Los judíos, temblando, corren hacia Jerusalén invocando al Dios de Israel. “Cuando estuvieron a la vista de la ciudad santa (…) vieron a Cristo descender del cielo con vestimenta real y con las heridas de los clavos en sus manos extendidas. Al mismo tiempo, una multitud de cristianos, conducidos por Pedro, Juan y Pablo se aproximaba desde el Sinaí a Jerusalén, mientras de todas partes otras muchedumbres de personas entusiastas estaban corriendo, todas las cuales habían sido ajusticiadas por el Anticristo. Habían vuelto nuevamente a la vida y reinaron con Cristo por miles de años”. El monje Pansofio termina su relato precisando que en el mismo “el objeto no es la catástrofe del universo, sino únicamente el final de nuestra evolución histórica: aparición, apoteosis y destrucción del Anticristo” (p. 71).

Fisonomía del Anticristo

Nos hemos extendido en la exposición del Breve relato para ofrecer al lector la posibilidad de captar la originalidad, la profundidad y la actualidad de su contenido. En sus líneas esenciales es una fiction inspirada en algunos textos bíblicos: “¿Quién es el embustero sino el que niega que Jesús es Cristo? Ése es el anticristo, el que niega al Padre y al Hijo”; “La venida del inicuo irá acompañada del poder de Satanás de todo género de milagros, señales y prodigios engañosos, y de seducciones de iniquidad para los destinados a la perdición”; “Todo espíritu que no confiese a Jesús, ése no es de Dios, es del anticristo, de quien habéis oído que está para llegar y que al presente se halla ya en el mundo”[20]. Estos textos y otros permiten a Soloviev hacer sugerentes amplificaciones apocalípticas y escatológicas. Bajo el perfil literario, el Breve relato es considerado una pequeña obra maestra por la vivacidad y simplicidad de la representación, por la fuerza y la belleza de la estructura, por la riqueza de significado y por el estilo brillante, claro y expresivo. En el mismo se funden la teología, el profetismo, la inventiva y el lirismo, y alcanzan tonos de gran calidad.

El Anticristo del relato es de origen oscuro[21]: no tiene nombre, es hijo de padre desconocido y su madre es una mujer de vida ligera, conocida en los dos hemisferios. Así, es hijo de la prostitución, puede aparecer de cualquier parte, es ambiguo y misterioso, pero también un portento de inteligencia y energía. Dice creer en Dios, pero su Dios se confunde con una realidad misteriosa, es decir, con el espíritu del mal, que le infunde un “desmesurado amor a sí mismo”. Impulsado por el orgullo, quisiera usurpar el lugar de Cristo y fundar un reino “suyo”, apuntando a ciertos objetivos precisos: ante todo, instaurar “su” paz, basada en el bien común que significa bienestar, satisfacción de los propios deseos, posibilidad de diversión, seguridad y tranquilidad en una Iglesia protegida por el Estado, una Iglesia sin Cristo, sin divisiones, sin libertad.
En esta operación de paz, el Anticristo revela su esencia: falsario e hipócrita. De hecho, el Evangelio de Juan (8, 44) lo define como “mentiroso y padre de la mentira”. En el Apocalipsis (12, 9) es llamado “el que extravía”. Engaña falsificando el concepto de paz: lo declara el Señor Z. en el tercer Diálogo: la paz del Anticristo es “mala y mentirosa” porque se afirma en el sueño de la conciencia, en el cual bien y mal, verdad y falsedad se confunden hasta asimilarse. Cristo “vino a traer a la tierra la verdad; y ésta, como el bien, ante todo divide (…). Existe por tanto la paz buena, cristiana, cuyo principio es esa división que Cristo vino a traer a la tierra, la separación entre el bien y el mal, la verdad y la mentira; y existe la paz en el mundo, la paz mala, cuyo principio es la mezcla o unión externa de aquello que en definitiva está en guerra consigo mismo”[22].

El engaño más peligroso del Anticristo reside en hacer creer que él es el verdadero Mesías, el salvador, que ha venido a perfeccionar, más bien a corregir la obra de Cristo. El profeta de Galilea complicó la vida, la hizo ser dura, violenta, impracticable; él, por el contrario la vuelve fácil y agradable, porque elimina las divisiones y contradicciones.

Las cuatro ideas de fondo

Soloviev construyó el Breve relato a partir de cuatro ideas. La primera tiene relación con la esencia del cristianismo, que no es su doctrina ni su moral, sino la persona de Jesucristo. En el trasfondo de semejante afirmación se encuentra la polémica contra León Tolstoi, ya duramente criticado en el tercero de los Diálogos. Según el autor de La guerra y la paz, Jesús es puramente un rabino que predicó una doctrina simple y revolucionaria, contenida en un pequeño número de preceptos morales. Posteriormente se hizo creer que este oscuro mendicante era Dios. Así nació una de las mistificaciones más fatales de la historia religiosa. En realidad –sostiene Tolstoi– no hubo resurrección alguna, milagro alguno, revelación divina alguna; el cristianismo es sencillamente una doctrina ético-social, que da sentido a la vida, enseña el amor al prójimo y rechaza la violencia. En estas afirmaciones, Soloviev ve la marca del Anticristo; lo rechaza con decisión y lo refuta con tranquilidad en la Carta a Tolstoi sobre la Resurrección de Cristo: “(…) reafirmo la certeza de la resurrección de esta persona, Jesucristo, promogénito de los muertos”[23].

La segunda idea está vinculada con el problema del ecumenismo. En la necrología de Soloviev, el príncipe Sergio Trubetskoi, en cuya casa murió el filósofo, dijo lo siguiente: “Él nunca hacía coincidir el “recinto” de la Iglesia romana con la Iglesia misma y no ponía a ésta por encima de Aquel que vive en ella”[24]. Dicha afirmación es exacta si “quiere destacar únicamente (como creemos que habría deseado Soloviev) que “el recinto, o sea, la unidad visible de la Iglesia Católica, no es toda la Iglesia y que Cristo, como Dios, está infinitamente por encima de la Iglesia, la cual, si bien es “deificada”, con todo siempre sigue siendo una criatura”[25]. Soloviev (que el 13 de febrero de 1896 se adhirió a la Iglesia Católica)[26] sostuvo que la Iglesia de Cristo tiene su fundamento en Pedro y deseó que “Pedro finalmente pueda ser el pastor de la grey de Cristo” (p. 68), es decir, de la Iglesia Católica, ortodoxa y reformada, superando vallas y barreras.

La tercera idea está inspirada en una afirmación bíblica: “La salvación viene de los judíos”[27]. A ellos, los judíos, corresponde desenmascarar la impiedad idólatra del emperador y el antipapa, sublevarse y hacer triunfar al Dios de Israel. Y también son ellos los primeros en ver a Cristo –el judío Cristo– “descender del cielo” para acoger a sus fieles. Así, Soloviev “procuró fundir la escatología hebraica con la cristiana”; y esto no es consecuencia de un simple retorno a las fuentes ni un redescubrimiento de la antigua apocalíptica, por cuanto él intentó hacer justicia a cada uno y honrar las interpretaciones mesiánicas de las dos partes”[28].

Finalmente –última idea–, una interrogante planteada al Señor Z. al terminar su relato: “¿Cuál es el verdadero sentido de todo el drama? Y en suma no comprendo realmente por qué vuestro Anticristo odia tanto a Dios. ¡Después de todo, no es tan malo!”. La respuesta parece banal: “El hecho es que hay algo bueno, pero no en sustancia. Éste es precisamente el sentido del drama” (p. 72). El bien proveniente de Satanás es tal puramente en apariencia. No es generado por el amor, sino por el odio, no por la verdad, sino por la mentira. Por consiguiente altera la mente, deteriora el alma, genera la muerte. La intervención final del Señor Z. es escultural: “No es oro todo lo que reluce. El esplendor de un bien artificial no tiene valor alguno”. En estas cuatro ideas está presente todo Valdimir Soloviev. Por este motivo decíamos que El Breve relato del Anticristo es su testamento[29]

[1] Ver A. MEN’, “L’ereditá di Vladimir Solov’ev” (El legado de Vladimir Soloviev), en Russia cristiana 169 (1980), 14.
[2] B. DUPUY: “Les juifs, l’histoire et la fin des temps selon Vladimir Soloviev”, en Istina 32 (1992) 253.
[3] Id.
[4] H. U. VON BALTASAR, Gloria, vol III, Stati laicali (Estados seculares), Milán, Jaca Book, 1976, 263 y 266.
[5] O. CLÉMENT, “Soloviev” en Encyclopaedia Universalis, vol 15, París, 1980.
[6] Citado por A. ASNAGHI, “Introduzione” (Introducción), en V. SOLOVIEV, L’avvento dell’Anticristo (La venida del Anticristo), Milán, Vita e Pensiero, 1951, 11.
[7] G. PIOVESANA, Storia del pensiero filosofico russo (Historia del pensamiento filosófico ruso), Cinisello Balsamo (MI), Ed. Paoline, 1992, 248.
[8] Id., 249.
[9] Citado por A. MEN’, “L’eredità di…” (El legado de…), op. cit., 17.
[10] En la encíclica Fides et ratio, Juan Pablo II cita a Solviev –junto con Newman, Rosmini, Maritain, Gilson, E. Stein, Florenskij, Caadaev y Losskj- para “proponer ejemplos significativos de un camino de búsqueda filosófica que ha obtenido considerables ventajas del cotejo con los datos de la fe” (n. 74).
[11] P. MODESTO, “Introducción”, en V. SOLOVIEV, Sulla Divinoumanità (Sobre la Divinohumanidad), Milán, Jaca Book, 1971, 59.
[12] Id., 144.
[13] Id., 146.
[14] G. PIOVESANA, Storia del pensiero filosofico russo (Historia del pensamiento filosófico ruso), op. cit., 253.
[15] V. SOLOVIEV, I fondamenti spirituali della vita (Los fundamentos espirituales de la vida), Turín, Marietti, 1949, 12.
[16] Id., La Russia e la Chiesa universale (Rusia y la Iglesia universal), Milán, Comunità, 1947, 44 s.
[17] Id., L’avvento dell’Anticristo (La venida del Anticristo), Milán, Vita e Pensiero, 1951, 79 s.
[18] G. PIOVESANA – M- TENACE, L’Anticristo… (El Anticristo), Roma, LIPA, 1995, 41. Las citas del artículo han sido extractadas de este volumen, que contiene también un Prefacio de Tomás Spidlík y dos ensayos: “Rusia y el Anticristo”, de Luigi Piovesana y “El Anticristo: el relato del falso bien”, de Michelina Tenace.
[19] La cita es del Evangelio de Juan (5, 43): “Yo he venido en nombre de mi Padre y vosotros no me recibís; si otro viniera usurpando mi nombre, le recibiríais”. Jesús quiere decir que la revelación auténtica en nombre de mi Padre no es aceptada por ser molesta y comprometedora. Se creería en cambio fácilmente a quien hablase en nombre propio porque en él se encontrarían satisfechos nuestros deseos mundanos y egoístas.
[20] 1 Jn 2, 22; 2 Ts 2, 8-10; 1 Jn 4, 3.
[21] “El personaje del Anticristo, junto a Lucifer, está vinculado con la cristología, la escatología y ciertamente con la satanología. Si se nos recuerda la importancia de Satanás y el satanismo (magia, ocultismo) en la imaginería del siglo XIX, no puede asombrarnos el hecho de que el adversario, el Anticristo, sea un personaje de importancia, una figura fascinante. Nietzsche enarbola ferozmente su bandera. En su relato terrible y rugoso titulado El infierno reconstruido, que se abre sobre el Cristo abandonado, Tolstoi afirma indirectamente que la Iglesia es el Anticristo”. Citamos por último la célebre evocación de R. H. BENSON, El dueño del mundo…, que impresionó a Teilhard de Chardin (ver X. TILLIETTE, Filosofi davanti a Cristo (Filósofos ante Cristo), Brescia, Queriniana, 1991, 292 s. Tilliette dedica el capítulo séptimo a “Vladimir Soloviev y la teandria”). Sobre el Anticristo, ver M. CENTINI, Il ritorno dell’Anticristo (El regreso del Anticristo), Casale Monferrato (AL), Piemme, 1996.
[22] V. SOLOVIEV, L’avvento dell’Anticristo (La venida del Anticristo), op. cit., 61 s.
[23] V. SOLOVIEV, “Carta a Tolstoi sobre la Resurrección de Cristo”, en Russia cristiana (Rusia cristiana), 1981, n. 176, 38. La carta tiene un tono moderado, mientras en el tercer Diálogo la refutación de las ideas de Tolstoi sobre el origen de los Evangelios, la Iglesia, la divinidad de Cristo, la bondad del hombre y la autonomía de la ética es dura y a veces hasta sarcástica.
[24] Texto citado por B. SCHULTZE, “Vladimir Soloviev y los tres principios en la Iglesia”, en Civ. Catt. 1950 III 403.
[25] Id., 52.
[26] “(…) es justo aludir a la adhesión de Soloviev al catolicismo, que tuvo lugar el 13 de febrero de 1896 ante el sacerdote N. Tolstoi (inicialmente ortodoxo, pero luego convertido al catolicismo de rito oriental), que si bien está documentada no es referida en general por sus biógrafos ortodoxos” (G. PIOVESANA, Storia del pensiero filosofico russo (Historia del pensamiento filosófico ruso), op. cit., 272). Ver también J. MASTYLAK, Fuitne Vladimirus Soloviev catholicus?, Roma (via Merulana, 31), 1942.
[27] Jn 4, 22.
[28] B. DUPUIS, “Les juifs, l’histoire et la fin des temps selon Vladimir Soloviev”, op. cit., 282.
[29] En el mes de marzo del 2000, tuvo lugar en Bolonia una convención sobre la personalidad y la obra de Soloviev, organizada por el Centro Culturale Manfredini y la Fondazione Russia Cristiana. Las ponencias fueron expuestas por el cardenal Giacomo Biffi, el historiador Aleksei Judin, el profesor Adriano Dell’Asta y el teólogo Tomás Spidlík. El cardenal Biffi terminó su ponencia con estas palabras: “Soloviev fue indudablemente un profeta y un maestro, pero un maestro, por decir así, sin actualidad. Y es éste, paradójicamente, el motivo de su grandeza y su preciosidad para nuestro tiempo. Apasionado defensor del hombre y alérgico a toda filantropía; apóstol infatigable de la paz y adversario del pacifismo; defensor de la unidad de los cristianos y crítico de todo irenismo; enamorado de la naturaleza y sumamente alejado de las actuales infatuaciones ecológicas; en una palabra, amigo de la verdad y enemigo de la ideología. Hoy tenemos una necesidad extrema precisamente de guías como él” (ver Humanitas nº 21, p.50

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